miércoles, 23 de marzo de 2016

Émile Dubois obra teatral (cía Mugre en él ojo Teatro)

Una obra con Olor a Albahaca y Hierbabuena...

Emile Dubois, obra Ambientada en una ciudad porteña de principios del siglo pasado, cuenta la historia de este asesino, considerado víctima y victimario, tanto como justiciero y ajusticiado, es el eje central de la obra, la cual va develando los misterios de este enigmático personaje y el rol que cumplió en nuestra historia pasada.
Ya que los cronistas de la época, describen a sus víctimas como usureros, el pueblo lo tildó como una especie de Robin Hood chileno, considerando los asesinatos como actos de justicia del proletariado contra la burguesía. Esto lo ha elevado al estatus de santo popular, al cual se venera en una animita llena de innumerables placas de agradecimiento por favores concedidos, en el cementerio de Playa Ancha.
 Dubois es así, el hombre del que tanto se habla, pero poco se conoce.
-Radio BioBio.cl 

Obra de Corte Callejero para todo espectador.































El teatro callejero al igual que otras formas de teatro es un medio de comunicación y entretenimiento que refleja el contexto histórico, cultural, económico y social de una sociedad determinada por medio de la representación de obras teatrales en un escenario.

Sin embargo la particularidad que distingue al teatro callejero es el escenario en el que se desarrolla, pues no precisa un teatro, o un edificio cerrado. Este  adopta como escenario los lugares públicos, plazas, alamedas, calles y demás centros de concentración de masas a espacios abiertos.

Esto conlleva a que el público no elija siempre ser espectador de esta clase de espectáculos, pues el teatro callejero se puede presentar de manera espontánea y también implica que el acceso a estos eventos sea ilimitado por la naturaleza del lugar donde se presente puesto que no tiene costo.

Y partiendo de lo anterior, significa que quienes viven del teatro callejero no reciben una remuneración fija por su trabajo, sino por los donativos de los espectadores (la gorra).


domingo, 19 de junio de 2011

Baños Publicos Para Mujeres

Godric Mathias Henriquez Concha
  • monologo
    Baños públicos de mujeres

    Mi mamá era una fanática de los baños públicos. De chiquita me llevaba al baño, me enseñaba a limpiar la tapa del inodoro con papel higiénico y luego ponía tiras de papel cuidadosamente en el perímetro de la taza.

    Finalmente me instruía: “Nunca, nunca te sientes en un baño publico” Y luego me mostraba “la posición” que consiste en balancearte sobre el inodoro en una posición de sentarse sin que tu cuerpo haga contacto con la taza. Eso fue hace mucho tiempo. Pero aun hoy en nuestros años más maduros, “la posición” es dolorosamente difícil de mantener cuando tu vejiga está que revienta.

    Cuando “tienes que ir” a un baño publico, te encuentras con una cola de mujeres que te hace pensar que los calzoncillos de Brad Pitt están a la venta y a mitad de precio. Así que esperas pacientemente y sonríes amablemente a las demás mujeres que también están discretamente cruzando las piernas.

    Finalmente te toca tu turno. Verificas cada cubículo por debajo para ver si no hay piernas. Todos están ocupados. Finalmente uno se abre y te lanzas casi tirando a la persona que va saliendo. Entras y te das cuenta que el picaporte no funciona (nunca funciona); no importa…

    Cuelgas tu bolso del gancho que hay en la puerta, y si no hay gancho (nunca hay gancho), te lo cuelgas del cuello mientras miras como se balancea debajo tuyo, sin contar que te desnuca la correa que te colgaste al cuello,porque el bolso está lleno de mierdas que fuiste
    echando adentro adentro – la mayoría de las cuales no usas, pero que las tienes por si acaso -.

    Pero volviendo a la puerta… como no tenía picaporte, solo tienes la opción de sostenerla con una mano, mientras que con la otra de un tirón te bajas las bragas y tomas “la posición”… Alivio…… AAhhhhhh….. Mas alivio… Ahí es cuando tus muslos empiezan a temblar….

    Te encantaría sentarte, pero no tuviste tiempo de limpiar la taza ni la cubriste con papel, así que te quedas en “la posición” mientras tus piernas tiemblan tan fuerte que registrarían 8 en la escala de Richter, sin contar la salpicada finiiiiiita del chorro que pega en la loza y que ¡¡¡te moja hasta las medias!!! ¡¡¡que seguramente se va a notar!!!

    Para alejar tu mente de esa desgracia, buscas el rollo de papel higiénico, peroooo, mierda…! el rollo esta vacío…!. Tus piernas tiemblan cada vez más. Recuerdas el pedacito de papel con el que te limpiaste hace un rato la nariz. Eso tendrá que ser suficiente.
    Lo arrugas de la manera mas esponjada posible. Pero es más pequeño que la uña de tu dedo y encima todavía esta mojado de moco…

    En eso, alguien empuja la puerta de tu baño y como el cerrojo no funciona recibes tremendo portazo en la cabeza. Les gritas caliente:
    ¡¡¡ OCUPADOOOO !!!”, mientras continúas empujado la puerta con tu mano libre y el pedacito de confort que tenías en la mano se te cae exactamente en un charquito que hay en el suelo y no estás segura si es agua o meao…. y te vas de espalda y te caes sentada en el inodoro.

    Te levantas rápidamente, pero ya es demasiado tarde, tu trasero ya entró en contacto con todos los gérmenes y formas de vida del asiento porque TU nunca lo cubriste con papel higiénico, que de todos modos no había, aún cuando hubieras tenido tiempo de hacerlo.

    Sin contar el golpe en la cabeza, el desnuque con la correa del bolso, la salpicada del chorro en las piernas y en las medias, la que te conté, que todavía esta mojada… el recuerdo de tu mamá que estaría avergonzadísima de ti, si supiera; porque su maldito trasero nunca toco el asiento de un baño publico, porque francamente, “tu no sabes qué clase de enfermedades podrías agarrar ahí”.

    Pero el tormento no termina ahí… ahora el sensor automático del baño está tan confundido que suelta el agua como si fuera una fuente y manda todo al colector con tal fuerza que te tienes que agarrar del tubo que sostiene el papel de baño (cuando hay) por miedo a que te vaya a chupar y vayas a aparecer en la China.

    Aquí es cuando finalmente te rindes. Estás empapada por el agua que salió del baño como fuente. Estás exhausta. Tratas de limpiarte con un papelito que guardaste en tu bolso de la cubierta del chicle bigtime que te comiste temprano; luego sales inconspicuamente al lavamanos. No sabes cómo funcionan con los sensores automáticos así que te limpias las manos con saliva, te las secas con una toalla de papel y sales pasando junto a la línea de mujeres que aun están esperando con las piernas cruzadas y en estos momentos eres incapaz de sonreír cortésmente.

    Un alma caritativa al final de la línea te dice que vas arrastrando un trozo de papel higiénico (pegado a tu zapato) ¡¡ del largo del río Loa…!!…Arrancas el papel del zapato, lo depositas rudamente en la mano del alma caritativa que te dijo que lo traías pegado y le dices suavemente: ¡¡¡ Toma… puedes necesitarlo…!!!” y sales.

    En este momento ves a tu pololo que ha entrado, usado y salido del baño de hombres y que tuvo tiempo de sobra para leer el diario la cuarta con bvomba 4 incluida mientras te esperaba. “¿Por qué tardaste tanto?” te pregunta co cara de aburrido. Aquí es cuando te dan unas ganas de darle una patada en los huevos y mandarlo a la cresta.

    Esto esta dedicado a las mujeres de todas partes que han tenido que usar un baño público. Y finalmente os explica a vosotros, hombres, por qué nosotras tardamos tanto.

    Monologo para niñas ...

sábado, 18 de junio de 2011

Gritos de Protesta

-En la calle y sin permiso
yo me educo y organizo

-a la calle los mirones
no se hagan los weones

-ya van a ver, ya van a ver
cuando los estudiantes se tomen el poder

-y como y como y como es la wea
la Lavin estudio gratis y ahora hay que pagar

-Goku, Goku super sayayin culeate a piñera por el chikitin

-adelante adelante obrero/profesor/feriano y estudiante

-ahi estan, ellos son, los que matan sin razon
ahi estan, ellos son, fieles perros del patròn

-carabinero, sea inteligente, agarre su revolver y mate a su teniente


-paco amigo la cosa no es contigo
la cosa es con tu esposa que puta que la goza.


-uf uf que calor el guanaco por favor
uf uf no hay olor el zorrillo por favor

-los pacos, los pacos. los pacos tienen tetas, hay que pegarles con una patineta.

-si quieren represas inunden la dehesa.

-paco amigo la piedra es con cariño

-hombro con hombro mano con mano ,el trabajador y el secundario.

-la educacion primero al hijo del obrero
la educacion despues al hijo del burgues

-piñera 
uyuyuy...
tan simpatico y agradable
tan fascista el conchesumadre.

-paco maraco
pelea sin guanaco.

-PACO NIUN BRILLO
PELEA SIN ZORRILLO
-a ver a ver
kien lleva la batuta
los estudiantes 
o los hijos d puta.

-PACO FARSANTE
TU HIJO ES ESTUDIANTE

-La educación, es UN DERECHO!
Para el Gobierno, UN PRIVILEGIO!

-PAKO ESCUCHA
TU HIJO SE 
ENCAPUCHA

-PAKO FASISTA 
TU HIJO ES
ANARKISA

-PAKO CULIAO 
KAFICHE DEL
ESTADO

-VEO VEO....
QUE VES??....
UNA COSA...
Q ES....
QUE LA EDUCACION 
SE VENDE OTRA VEZ
COMO LO HIZO
PINOCHET

-QUE LO VENGAN A VER
QUE LO VENGAN A VER
ESTO NO ES DEMOCRACIA
ES UN RECUERDO 
DE PINOCHET (POR ESO)
QUE LO VENGAN A VER..//

-MENOS FIESTA!! ; MAS PROTESTA !

-adelante, adelante, obrero y estudiante!!!!!!!!

-atras, atras, gobierno incapaz!!!!!!!!!

-represiónnnnnnnnnn!!oeoeo
represión no quiero yo.
que levante la mano como yooooo!!
el que quiera revolución, el que quiera revolución.(CANCION DE YO QUIERO VINO EN CARTON)

-los pacos de en medio 
no tiene cuarto medio 

-el profe fascista esta pasando lista

-el profe marchando también esta educando.

-los pacos unidos 
Nos leen de corrido!!!

- Ula Ula, ula ula, los pacos tienen tetas y las pacas tiene tula, ula ula, ula ula....

viernes, 3 de junio de 2011

Lautaro de Isidora Aguirre

Lautaro Isidora Aguirre
(1982)


Aprendemos en los textos de historia que los araucanos -ellos prefieren llamarse “mapuches”, gente de la tierra- eran belicosos y valientes, que mantuvieron en jaque a los españoles en una guerra que duró tres siglos, que de algún modo fueron vencidos. Pero lo que muchos ignoran es que aún siguen luchando. Por la tierra en comunidad, por un modo de vida, por conservar su lengua, sus cantos, su cultura y sus tradiciones como algo vivo y cotidiano. Ellos lo resumen en pocas palabras: “luchamos por conservar nuestra identidad, por integrarnos a la sociedad chilena mayoritariamente sin ser absorbidos por ella”. Sabemos cómo murió el toqui Caupolicán, cómo Lautaro aprendió tácticas guerreras cuando, hecho prisionero, fue caballerizo de don Pedro de Valdivia. Sabemos, en suma, que no fueron vencidos, pero ignramos el “como” y el “por qué”.
Hay numerosos estudios antropológicos sobre los mapuches pero se ha hecho de ellos muy poca difusión. Y menos conocemos aún su vida de hoy, la de esa minoría de un medio millón de gentes que viven en sus “reducidas” reducciones del Sur. Sabemos que hay machis, que hacen “nguillatunes”, que hay festivales folklóricos, y en los mercados y en los museos podemos ver su artesanía.
Después de la mal llamada “Pacificación de la Araucanía” de fines del siglo pasado -por aquello de que la familia crece y la tierra no-, son muchos los hijos que emigran a las ciudades; los niños se ven hoscos y algo confundidos enlas escuelas rurales, porque los otros se burlan de su mal castellano; sin embargo, son niños de mente ágil que a los seis años hablan dos lenguas, que llevan una doble vida, por miedo a la discriminación, la de la ruca y la de la escuela. Pocos saben que la cultura mapuche sigue vigente en el interior de la ruca, que los viejos siguen relatando historias y hablando del pasado junto al fuego -la tradición oral de un pueblo que no tuvo escritura se mantuvo siempre viva- relatos que traen al presente los mitos, su acervo cultural y una particular concepción de la vida. Muchos siguen raptando a sus esposas como mero ritual, o ahuyentando a los espíritus (o, como decimos nosotros, la mala suerte). Lo cuentan con picardía, porque no rechazan la vida moderna; pocos indígenas del continente han tenido su capacidad de adaptación. Las machis, doctoras y a la vez personas consagradas, sanan a los enfermos con las mismas técnicas que hoy están en boga, la fe, la hipnosis, las yerba.
Un creador se llena de alegría cuando descubre la riqueza de su patrimonio. Me acerqué a ellos cuando un amigo mapuche -de la gran familia Painemal- me rogó que escibiera una obra de teatro sobre su pueblo a fin de apoyarlos en su lucha de hoy.
El proceso mismo de elaboración de una obra es bastante complejo, quizá el subconsciente sepa más de él. Allí se van combinando y tomando forma los datos obtenidos de fuentes muy diversas. Valdivia nació de sus bellísimas cartas sl rey de España. Lautaro -de quien hay tan pocos datos- nació más bien de mi contacto directo con los mapuches, del amor con que fui acogida en el seno de la ruca “como una pariente, como una mapuche más”, me decían; o cuando me cantaban, improvidando la letra -en su lengua, como es su costumbre-, “vengan pillanes a entretener a nuestra visita, porque es un milagro que esté aquí con nosotros…”; de los afanees de la Chicura, la dueña de casa, con mi llegada, para corretear tras las gallinas y patos, los que despluman y guisan junto al fuego mientras se conversa, y se ofrece el mate o sus bebidas tradicionales.
La historia y la antropología me sirvieron para estructurar la obra teatral, en torno a los ejes centrales que son Valdivia y Lautaro, seleccionando lo que me jor sirviera al conflicto. Y el resultado final, lo que se ve en eescena, es el fruto de un minucioso y prolongado trabajo de equipo; el direcor pide que se dinamice tal o cual escena, en los ensayos se ve la necesidad de cortes, o de acentuar algún parlamento; reestructurar escenas para dar al actor la ocasión de mostrar su cualidad histriónica; coreografía, cantos, música incidental, escenografía, vestuario, sonido, luces, todo es un trabajo que se realiza con gran armonía, en equipo, bajo la vigilancia del director y autor. La música, que gentilmente nos dieron Los Jaivas, seleccionada por el director y que, según ellos “parecía escrita para la obra…” fue un aporte valiosísimo gracias al talento de este conjunto y su concepción americnista y moderna del folclore. Queríamos todos que el público, al verla, pudiera recuperar lo que le pertenece: sus raíces. Los valores y la vitalidad de las dos razas que lo formaron. Pero quisimos mostrárselos, a los personajes que simbolizan esas razas, Valdivia y Lautaro, de carne y hueso, riendo o sufriendo, tanto en la guerra como en sus vicisitudes cotidianas, y no como se les ve tan a menudo: rígidos y lejanos en las estatuas, estampillas o billetes. O “floreando los discursos de los huincas” como dicen los mapuches.
Isidora Aguirre


PERSONAJES
COLIPÍ
PEDRO DE VALDIVIA
DOÑA SOL
COLO COLO
GUACOLDA
LAUTARO
CURIÑACU
ESCRIBANO
CAPITÁN DÍAZ
JUAN PRADOS
DON SANCHO
AGUSTINILLO
GORDÍNEZ
FRAY POZO
MALLOQUEO
NECUL
SOLDADO QUILACOYA
HECHICERO
CONSEJEROS MAPUCHE
PICUNCHE
BAILARÍN ESPAÑOL
Prólogo
LOS ANTEPASADOS”
(Todos los actores -menos el que encarna a Pedro de Valdivia- están en el escenario con atuendos mapuches. Uno de ellos toca a intervalos la trutruca, instrumento mapuche de larga caña rematada por un cuerno.)
(Durante el prólogo dirán todos los actores en solos y coros el relato, marcándolo con acciones físicas. Subraya la acción y la ambientación un montaje de música incidental -instrumental- seleccionada especialmente para la obra de las composiciones del grupo “Los Jaivas”.)
Esto oí de mi padre, que lo oyó del suyo, cuando, cantando, me fue hablando de la infancia, de la edad temprana, del pueblo mapuche. “En esta tierra -dijo- ¡nosotros siempre estuvimos!” Estuvimos. Estuvimos. ¡En esta tierra, nosotros siempre estuvimos! Libres eran nuestros padres, como las aves, que se levantan con el sol y cantan. Su riqueza eran los ríos, las selvas, los montes. El cielo y la tierra hasta el horizonte no eran de nadie y de cada uno, patrimonio de todos ¡y de ninguno! Repleto tenían el aire de pájaros, el mar de peces, cuajadas de frutos las ramas, los surcos de semilla. El padre cazaba, construía, era recolector y pastor de llamas. La madre hilaba, tejía, modelaba el cántaron en la arcilla. Del suelo tomaban libremente sus materiales: madera, barro, fibra, pedernales ¡el metal y su amenaza, aún no conocía! Gente era de la tierra de costumbres sencillas, gente de bosque de maíz de familias reunida.
Padre-Dios, “Chao Gnenechén” –hombre y mujer joven y anciano- primero de su raza, a su pueblo regía sin doblegar ni pedir tributo.
Eran alegres nuestros padres, ¡porque sabiamente vivían!
Hasta que un día…. Hasta que un día… (Canción en coro, letra y música de los Jaivas)
Letanías por el azar” En un camino largo por el azar. Noches y lunas al ritmo de su latido, surge la vida, clarín del cielo, en su rutina diaria pinta de luto. En un camino largo por el azar. (Mientras cantan, los actores se irán desplazando mirando hacia un punto lejano, como fijando con la vista y actitud la llegada de los españoles.)
Bajaron del norte hombres barbados, desconocidos, mezclados a sus bestias ¡cuatro patas tenían! Hocico babeante, ojos refulgentes ¡galopes de metal que enceguecían! Primero fue Almagro, el Tuerto, luego Valdivia -don Pedro le decían en su lengua bárbara,- en la lengua nuestra, nombre no tenía ¡sólo huinca… extranjero! ¡Huinca… extranjero!… En la cintura de nuestro hermoso país clavaron la cruz, nombrando: ¡Santiago del Nuevo Extremo! ¡Provincia de la Nueva Extremadura! Como si antes nada tuviera nombre, ni tuviera dueño, como si fuéramos pájaros del bosque, animalitos de la tierra. Y donde nadie antes dijo: hasta aquí es tuyo, hasta aquí es mío, los huincas… ¡las tierras entre ellos se repartían! Mensajeros alarmados llegarond el país del Inca: ¡Cuidado! -¡A conquistar, a someter han venido! –El Inca ha muerto, nuestro reino es vencido… -Para el invasor el oro es dios ¡y más que dios! –Si oro encuentran ¡en bestias se convierten! -¡Y unos a otros se dan la muerte! El oro es un Huecuf, un mal demonio es el oro. Su barba es roja, ensangrentada ¡y es más que el hombre… sin ser nada! Pero el oro no les bastó a los conquistadores ¡querían también al hombre! A los picunches del Aconcagua los sometían los encomenderos. Al que intentaba huir los dos pies le cortaban. Y ahí quedaban, clavados en el agua, al oro de los lavaderos. A mitad justa de aquel siglo ¡la tierra se les hizo estrecha a los encomenderos! Mandados por Valdivia bajaron hacia el sur. Violaron la espesura, rompieron el frío hasta hallar los ocultos senderos de nuestra Araucanía. ¡Hay que marcar fronteras en los ríos! ¡No pasarán… no pasarán… no pasarán…! (Caen y dicen como en un lamento.) Más acá del Maule plantaron la cruz Ay… Más acá del Maule plantaron la cruz… Se erizó de ojos el peumo, se alertó el roble milenario, aguzó sus dardos la araucaria, y como machos cabríos, crecidos de agua, se alzaron el Itata y el Bío bío. La tierra mapuche, al hombre entrelazada, vigilaba. Entonces, el labrador del campo, el cazador del bosque, el hombre de paz… ¡se hizo guerrero! Entonces, corrió de mano en mano la saeta con la punta ensangrentada. ¡Era la señal! ¡Ya están en Andalién…! Ya están en Andalién… Hay fulgores en el cielo, choques de muerte. ¡sangre en los ríos…! A mitad justa de aquel siglo, etallaba, la guerra, la guerra diladada, la guerra encarnizada de la Araucanía…. Y a mitad justa de aquel siglo, se abre el tiempo como se abre el apretado fruto del espino: y ¡ya está aquí…! Ya está aquí la guerrra, la guerra sin fin, de nuestra Araucanía. (Fin del prologo.)


PRIMERA PARTE
Jornada Primera
Escena 1
(Al terminar el prólogo se han quedado en escena LAUTARO y GUACOLDA: ríen y se persiguen en un juego de conquista, él trata de quitarle una bolsa con digüeñes, la derriba, ríen como muchachos alegres. Se detienen al oír un canto de pájaro, que anunciará siempre al mensajero COLIPÍ. Entra COLIPÍ camuflándose con unas ramas.)
COLIPÍ -¡Eh, gente! ¿Dónde están los de este rehue? Tú, muchacho, ¡busco al cacique Cariñancu!


LAUTARO -Soy su hijo Lautaro.


COLIPÍ -(Ríe y lo mira.) Vaya ¡creció el arbolillo! ¿Dónde está tu padre, si es que aun vive y no se nubló su entendimiento?


GUACOLDA -Vivo está el padrecito y muy claro su entendimiento.


COLIPÍ -¿Y esta pajarita de los bosques, es también hija del cacique?


LAUTARO -Es mi pariente, Guacolda. Lo llama “padrecito” por cariño.


GUACOLDA -(Ofreciendo.) Sírvete digüeñes, Colipí.


COLIPÍ -¡Sabes mi nombre!


GUACOLDA -Mucho se habla de Colipí el mensajero. (Ríen ambos.)


COLIPÍ -¿A qué tantas risas? ¿Acaso se dice mal de Colipí?


LAUTARO -Bien y mal.


COLIPÍ -Mal: habla más de la cuenta. Pero eso, en un mensajero ¡es bien! Puedo repetir largos mensajes sin olvidar palabra, y agregando algunas que deleitan al que escucha. Mal es hablar mucho y decir poco. ¿Es así o no


GUACOLDA -Dicen que es el más perezoso de los perezosos… (Ríen.)


COLIPÍ -¿Yo perezoso?


GUACOLDA -¿No eres tú el que cuando lleva a sus animalitos a pastar les liga las patas para que no se muevan y se echa a dormir barriga al sol?


COLIPÍ -Flojo soy como pastor, niña. Pero veloz como mensajero.


LAUTARO -Dicen que te enredas en las fiestas, Colipí, donde comes y bebes por diez.
COLIPÍ-Y pago diez veces diez lo que consumo, muchachos. Cuento tan lindas historias que olvidan preguntar “cual es tu mensaje, Colipí” (Ríe.) ¡cómo lo has olvidado tú! (Serio.) Y más te vale; las noticias son muy malas.
LAUTARO -(Con temor.) ¿Hablan tus mensajes… de “huincas”?


COLIPÍ -Los extranjeros están llegando al Bío Bío. Vienen plantando banderas y vociferando en su lengua que son dueños del suelo que pisan y de sus gentes… para mayor gloria de un imperio que nombran, más allá de los mares.


GUACOLDA -Allende los mares sólo hay comarcas oscuras donde vagan las almas de los muertos.
COLIPÍ -Eso creyeron nuestros padres, niña. Por desgracia es muchísimo más largo el viaje que hace el sol alumbrando a los vivos. Y los que vienen de allá ¡no están muertos… porque matan! Pronto ¿dónde está el cacique?


LAUTARO -En la ruca.


COLIPÍ -(Saliendo con un salto gracioso.) ¡Soy ido! (Regresa.) ¡Que sepan todos que se termina la alegría y la paz de nuestro pueblo! (Desaparece.)


GUACOLDA -¿Se acabó nuestra alegría, hermanito? ¿Irás a la guerra? ¿Nos matarán?


LAUTARO -Aun no está aquí la guerra. Y estamos vivos.


GUACOLDA -Cierto. Nada nos pasará porque ¡vamos a detener el tiempo!


LAUTARO -¿Cómo?


GUACOLDA -Juego a que el tiempo… es un pájaro. Lo atraigo con su propio canto “uuuh… uuuh…” Lo retengo en mis manos sosegado. (Hace la mímica de tenerlo en sus manos.) Entonces…


LAUTARO -Aguarda. ¿Qué pajaro sería capaz de sujetar el tiempo?


GUACOLDA -El choroy ¡Es tan parlanchín que lo emborracha! No; la gaviota que vuela sobre los mares donde el sol se hunde: con su pico filudo lo devora como a un pez. (Se arrodilla frente a frente.) O el cernícalo: con su grito fatídico “ketrif… ketrif…” (Ambos lo imitan aleteando.) lo asusta y lo detiene… (Lautaro acaricia su cabello. Ella se turba.)


LAUTARO -Tu pelo es suave, tiene el aroma fresco del río… mi amada niña.


GUACOLDA -(Bajando la voz.) “Amada” ¿dejaste ya de llamarme “hermana?


LAUTARO -(Se levanta animoso.) Hablé con mi padre. Le dije: cuando llegue la hora, no tendrás que darte el trabajo de buscarme esposa. La escogí yo mismo.
GUACOLDA -¿Y qué dijo el padrecito?


LAUTARO -“Suerte tiene mi hijo Lautaro, pues manda la costumbre que del matrimonio de los hijos se encarguen los padres” (Pausa.) ¿Qué dice la escogida?


GUACOLDA -(Ríe, coqueta.) Que te equivocas… ¡fue Guacolda quien escogió a Lautaro! Cuando salías a cazar al bosque, de intento me cruzaba en tu camino y me hacía suave, dulce para ti. (Sale, riendo, con pudor, exclama.) ¡Yo siempre te he amado!


LAUTARO-(Yendo tras ella y saliendo ambos de escena.)Entonces ¡el cazador fue cazado!
Escena 2
(Van entrando CURIÑANCU y COLIPÍ por el otro costado.)
COLIPÍ -Perdona, venerable Curiñancu, si no hago las preguntas de rigor sobre tu salud y la de tus parientes ¡vengo con mensaje de peligro! Avanzan los extranjeros hacia el corazón de la Araucanía! (Entran LAUTARO y GUACOLDA y escuchan.)


CURIÑANCU-Ten fe, Colipí: los Incas nunca lograron someternos. Los detendrán nuestros guerreros.
COLIPÍ -El encuentro de Andalién no los detuvo: se acercan con sus armas que vomitan fuego y sus bestias de guerra. Los siguen yanaconas sometidos de la tierra del Inca. Y picunches del Aconcagua, al mando del cacique Michimalongo.
CURIÑANCU-Michimalongo ¿el que destruyó Santiago?
COLIPÍ -Ahora Michimalongo es aliado del Apo Valdivia. Te he traído un mensaje que es testimonio vivo de la crueldad de ese jefe extranjero. Pero ¡no es cosa de ser visto por los ojos tiernos de una niña…! (Indica a GUACOLDA.)
GUACOLDA -Padrecito: yo dejé de ser niña. (COLIPÍ hace entrar a un mutilado, manos cortadas, con una cabeza sangrante amarrada al cuello.)
COLIPÍ -Habla tú mismo, mutilado. (El mutilado se queja y esconde su rostro.) Habla. (Él no lo hace. COLIPÍ explica CURIÑANCU.) Valdivia acorraló a los prisioneros, los rodearon con sus bestias de guerra. Entonces mandó que les cortaran a todos las manos. Como ninguno dio muestras de dolor para desafiar al extranjero, ordenó que a la mitad de ellos les cortaran la cabeza y las colgaran al cuello de los sin manos. Luego los hizo dispersarse… para sembrar el terror entre los nuestros. (Un silencio.)
CURIÑANCU-Alíviale, hija, de su sangrienta carga. (GUACOLDA, venciendo su horror, toma la cabeza entre sus manos y le habla.)
GUACOLDA -Siento gran piedad por ti, hombre degollado… ¿Emprenderás así trunco tu último viaje? ¿Te verá el barquero de los muertos para cruzarte hacia los confines helados, donde sólo crece la papa negra? ¿Habrá quien deje fuego en tu sepultura para que te alumbres y hagas candela?
CURIÑANCU-Está bien, hija. Los pillanes cuidarán del muerto: atiende tú al herido. (Sale GUACOLDA con el mutilado.) (Música que anuncia peligro. COLIPÍ trepa a una altura y grita.)
COLIPÍ -¡Se acercan los malditos! Yo… desaparezco. (Se oculta.)
CURIÑANCU-(Alterado.) ¡Vete, Lautaro, donde no te hallen!
LAUTARO -Aquí está mi lugar: a tu lado.
CURIÑANCU-Huye, hijo mío… (Llegan asustados una mujer y un muchacho y se ocultan entre las cañas. Con gritos salvajes se han descolgado de la tarima alta dos indios picunches con sus lanzas en ristre. LAUTARO se coloca ante CURIÑANCU.)
PICUNCHE -¡Presos van los de este rehue!
CURIÑANCU-(Con calma.) Extraño lenguaje en labios mapuches.
PICUNCHE -Somos picunches de las huestes de Michimalongo. Si no quieres perder la vida di dónde se ocultan tus hijos.
CURIÑANCU-(Intenta proteger a LAUTARO.) Sólo uno me queda, es casi un niño. Hijo es de “Ulmén” y no será traidor ni esclavo. (Una música solemne anuncia la llegada de VALDIVIA, aparecen dos soldados españoles en lo alto, uno lleva un estandarte con la imagen de Santiago Apóstol, el otro un arcabuz.)
PICUNCHE -¡Nuestro Capitán General… don Pedro de Valdivia! (La entrada de VALDIVIA, subrayada por la música, es solemne, más que miedo causa estupor en CURIÑANCU y LAUTARO. Mira, en silencio, luego con un gesto breve le hace una seña al picunche, indicando a LAUTARO. Se retira. Los soldados permanecen arriba.) ¡Quiere al mocetón para servirle! (Se arrojan ambos picunches sobre LAUTARO para capturarlo, él se defiende como una fiera blandiendo su hacha de combate. CURIÑANCU lo retiene, le quita el hacha, luego rechaza unas cuerdas que tienen los picunches para amarrar sus manos.)
CURIÑANCU-¡No, hijo, deja el hacha! (Al ver las cuerdas.) ¡Eso nunca! Irá pero sin atadura. Si lo hacen esclavo ¡él mismo se dará la muerte! (LAUTARO apoya su mejilla con inmenso cariño sobre la mano del padre, herida por las lanzas de los picunches. CURIÑANCU le habla con ternura.) Anda, ve con ellos. Los dioses han pensado en ti. ¡Confío ciegamente en tu destino, hijo mío! (LAUTARO se abraza a él. Luego se aleja, camina delante de los picunches, sube la escala. Se pierden arriba junto con los soldados.) ¡Colipí! (Se muestra COLIPÍ.) Ve por el hombre santo. El que sabe ver en la distancia. (Sale COLIPÍ.) ¡Padre, hermanos, padres de mis padres) ¿En qué os habéis convertido? ¿en águilas altaneras, en cernícalos del sol? En vano miro al cielo ¡por ver si alguno de vosotros se digna bajar su vuelo! (Entra GUACOLDA, asustada.)
GUACOLDA -Padrecito ¿dónde está Lautaro?
CURIÑANCU-Partió con el toqui extranjero.
GUACOLDA -¡Lautaro cautivo!
CURIÑANCU-No va cautivo. (Pausa.) Si los dioses lo ayudan, caminará un tiempo con el paso sigiloso del león de montaña…
GUACOLDA -¡Permíteme ir con él!
CURIÑANCU-(Deteniéndola.) ¡Cariño de hembra perturba el alma del guerrero. (Pausa.) Él regresará, hija.
GUACOLDA -(Llorando.) ¿Cuándo? ¿Dentro de tres, cuatro inviernos? Envejecida me ha de hallar de llorarle…
CURIÑANCU-¿Así se comporta la esposa de un guerrero?
GUACOLDA -(Se alegra entre lágrimas.) ¿Esposa… has dicho? (Llora nuevamente.) Ay de mí… esposa y sin marido… (Echándose a tierra.) Déjame que llore todas mis lágrimas… que ese hijo tuyo, en tan breve tiempo, hizo de mí la más dichosa ¡y la más desdichada de las mujeres! (Sale llorosa.) (Entra el hombre consagrado, el MACHI, con sus atuendos y su cultrún, seguido de COLIPÍ.)
CURIÑANCU-Hombre consagrado, di ¿qué ves en la distancia! (Con acompañamiento de cultrún a ratos y música incidental, interrumpiéndose entre estrofas o ejecutando breve danza ritual recita.)
EL MACHI -Mudo, los sesos secos, camina tu hijo Lautaro. Maldice el exilio que corta en dos su vida. El bosque viene en su auxilio, le abre sus claros, aparta su espesura se adhiere amorosa a sus plantas la hierba crecida. La mirada fiera camina Lautaro adelantando ágil las cabalgaduras. Fija en sus pupilas el vuelo recto de las águilas y en su corazón afligido el dulce olor de la madera. Arriba los pillanes celebran parlamento: truena el volcán, cae tupido aguacero: “¡Llorad por mis ojos, aguas del cielo!” clama Lautaro y lanza al aire su primer grito guerrero: “¡Marrichi hueu…” ¡Nunca seremos vencidos! ¡Marrichi hueu! (Con pasos de danza ritual se retira el hechicero y cae la luz sobre un costado donde los dos que antes llegaron a ocultarse, hombre y mujer mapuches, dicen, haciendo las veces de coro. )
CORO -Y así, en marcha dolida, sin lágrimas derramadas, lejos de su padre, ¡su alma es saeta ya arrojada! Pueblo de Lautaro el que salió de su tierra siendo niño al pisar dominio extranjero, se hizo hombre ¡y guerrero! (Aumenta de intensidad la música incidental, luz sobre el costado opuesto, donde está la ruca.)


Jornada Segunda
Escena 1
(Mientras han salido los dos del coro, ya está GUACOLDA con su telar frente a la ruca, desde dentro la llama CURIÑANCU, luego aparece. Está ciego, camina con dificultad, pero con la misma dignidad.)
CURIÑANCU-¡Guacolda! ¿No hay aún noticias?
GUACOLDA -(Tejiendo.) No. Los mensajes no hablan de Lautaro.
CURIÑANCU-Desde que partió, dos veces ha vuelto el invierno y me ha arrastrado, como en anticipada muerte, al país de las sombras. En vano busco en mi alma la luz perdida… ¿Si no hablan de mi hijo, de qué hablan, pues, los mensajes?
GUACOLDA -(Taciturna.) De guerra. (Él se instala en tierra junto a ella.) Dicen que correr la saeta ensangrentada entre los nuestros, y que habrá Consejo la noche de plenilunio.
CURIÑANCU-¿Está el Apo Valdivia en su ciudad de Concepción?
GUACOLDA -Está en sus lavaderos, cerca de allí, sacando oro. Miles de mapuches trabajan para él, sometidos y maltratados.
CURIÑANCU-¿Para qué quieren ellos el oro?
GUACOLDA -Lo envían a su imperio. Reciben a cambio muchas cosas. (Deja de tejer.) Armas. Animales… Y unos objetos que no sabría nombrar. (Animándose a pesar suyo.) adornos delicados (Mímica de abanicarse.) Como alas de mariposa, que las mujeres agitan al calor del mediodía… (Mímica de un espejo al que se mira.) Y un disco de agua dura que refleja el rostro mejor que el río…
CURIÑANCU-(Luego de un silencio.)Se alegra tu voz al describir tales objetos, Guacolda.
GUACOLDA -(Sintiéndose cogida en falta.) Nunca los vi, padrecito, ni lo deseo. Repito lo que oigo decir.
CURIÑANCU-Mejor así. No ha de desear el mapuche más de lo que se precisa para vivir libre y en paz. (Pausa.) ¡Es duro llegar a la ancianidad sin fe…! ¡Maldigo diez veces mi inquietud por Lautaro!
GUACOLDA -No la maldigas que por ella vives. (Lo acaricia.) Y fe, ¡tengo yo de sobra para los dos!
CURIÑANCU-(Angustiado.) Siempre fui hombre sereno, hija. Peor hoy ¡siento que me derriba el estupor! Es lo desconocido lo que asusta: llegan éstos de un mundo imposible de imaginar. Son codiciosos, de todo se sienten dueños. Y son tan crueles que hasta a su propio dios lo tienen clavado en un madero.
GUACOLDA -Pero ¡los han visto humillarse, arrodillados ante ese dios muerto! No son tan grandes porque, el mapuche, ni ante sus dioses se doblega.
CURIÑANCU-Lo sé. Y eso aumenta mi temor: antes de verse sometidos se dejarán exterminar. ¡Y los invasores siguen llegando, como si se hubieran prendado de nuestra hermosa tierra mapuche!
GUACOLDA -Más que de la tierra, ¡del oro! Y el oro es mala causa. ¿De qué sirve? No se come. No es fecundo. Es algo muerto. Y sólo acarrea desgracias: dicen que por el oro se matan entre ellos. En cambio, nuestra causa es buena, es justa: vivir en paz en la tierra que habitaron nuestros padres.
CURIÑANCU-¡Me admira tu sabiduría, Guacolda!
GUACOLDA -(Ríe.) ¡Son TUS palabras, padrecito!
CURIÑANCU-Gracias, entonces, por devolvérmelas. (La acaricia, paternal.) Bien supiste guardarlas en el sagrado cántaro de tu memoria. (Salen ambos.)
(Separación musical.) (Baja la luz en el costado de la ruca, la música cambia, y se concentra la luz sobre el otro costado donde están la escalera y estructura de metal para las escenas en casa de VALDIVIA, en Concepción.)


Escena 2
(Casa de Valdivia en Concepción. Arriba dos soldados españoles montan guardia con sus armas. LautarO pule una armadura. Entra VALDIVIA trayendo unos mapas en pergaminos. Acción en sector izquierdo.)
VALDIVIA -(A LAUTARO) ¿Cuántos caballos contaste con tus tiras de cuero?
LAUTARO -Ya no cuento con los nudos. Cincuenta hay en tu encomienda.
VALDIVIA -(Paternal) Y ¿cuánto es cincuenta?
LAUTARO -(Con mímica) Cinco veces los dedos de mis dos manos.
VALDIVIA -Acércate (Indica en pergamino) ¿Sabes leer esta cifra?
LAUTARO -(Mirando) Cien. Acá, dos mil.
VALDIVIA -Parece cosa de milagro. (Alegre) Dominas ya nuestra lengua, y si me descuido, leerás los pergaminos antes que mis soldados. Cierto que me empeño en enseñarte. Pero, sin mis afanes ¡igual aprendieras!
LAUTARO -¿Es eso bien o mal?
VALDIVIA -¡Bien! Más que de caballerizo, como mi brazo te quisiera. Montas ya a la perfección y dominas en los potros bravos. Serás capitán de mis yanaconas. ¿Qué dices? (El calla) Hablas dos lenguas, pero prefieres el silencio. Algún día tengo de enviarte a España, que conozcas la anchura del mundo, lo infinito de los mares. Si aquí te asombra nuestra rústica ciudad ¡cómo no ha de deslumbrarte ver que esto, que acá te asombra, allá es cosa común y que tanto abunda! Sí, A la Corte irás, como un mensaje vivo: que sepan con qué raza despierta y bravía se enfrentan sus capitanes, ¿Qué dices?
LAUTARO -¿Como tu enemigo iré? ¿Como tu esclavo?
VALDIVIA -¿Esclavo? Vamos, hijo…
LAUTARO -Tengo padre. Y lo conoces.
VALDIVIA -Esta bien: te llamaré Alonso, nombre cristiano que me agrada.
LAUTARO -Tengo un nombre: Lautaro. Y a mí me agrada.
VALDIVIA - Eres terco como yo, y orgulloso. ¿Debo llamarte amigo? Pues te considero más que al indio de servicio.
LAUTARO -¿Por qué los llamas “indios”?
VALDIVIA -¿Cómo debo llamarlos?
LAUTARO -Mapuches. Gente de la tierra.
VALDIVIA -Sois, en verdad, americanos. Naturales de este nuevo continente. ¡Cuánto cambio en los mapas con los descubrimientos! Mira, (le enseña) un trazado del mundo. Di si no es grande el hombre de nuestros tiempos ¡no hay tierra, islas, mares que no conozca! (LAUTARO observa con interés) Así vas descubriendo tú y el mundo se te ensancha con cada nuevo descubrimiento. Apenas empiezas. Yo llevo mucho andado… cincuenta años ha que nací en mi lejana Extremadura. “Años sin cuenta” mejor dijera, por lo duramente vividos. ¿Qué edad tienes?
LAUTARO -(Regresa al pulido) Edad de hombre al venir contigo.
VALDIVIA -Dieciseis, tendrías. Y ahora, dieciocho. Hermosa edad. La que tenía cuando me alisté en el ejército. Mi primera batalla fue en Flandes. Luego en Italia; en Pavia… Allí se forjaron estos rudos capitanes y yo mismo. Ya te hablaré de cómo se peleó en esas batallas. (Pausa) Estos inviernos del sur me han enfermado de melancolía. Demasiada quietud. Ven a tomar conmigo el alimento.
LAUTARO -Bueno eres como un padre, pero… (Calla).
VALDIVIA -(Con cariño) Vamos, que es una orden: ven a comer.
LAUTARO -No puedo, Valdivia.
VALDIVIA -¿Qué te lo impide?
LAUTARO -No debe volverse el mapuche contra el que come con él en la misma fuente.
VALDIVIA -¿Qué tratas de decirme?
LAUTARO -Un día no estaremos hombro a hombro en la batalla. Estaremos frente a frente.
VALDIVIA -¡No serías capaz tú de traición!
LAUTARO -No hay lazo que nos ate: no hay entonces traición.
VALDIVIA -Te haré bautizar, eso crea un lazo. Serás cristiano como yo. Y ahora ¿qué dices?
LAUTARO -Como dije antes: no.
VALDIVIA -¡Quién te entiende! Dices que soy para ti como un padre.
LAUTARO -Pero hay sangre de mi pueblo en tus manos.
VALDIVIA-¿Nunca olvidarás aquel castigo? ¡Toda guerra es cruel y sangrienta! Y el miedo hace más estragos en el enemigo que las armas. (Pausa) Pero hoy estamos en paz. Sólo eso deseo: una paz fecunda. Duradera. Perpetuaremos nuestra estirpe mezclando vuestra sangre bárbara, pero vigorosa, a nuestra vieja sangre cansada… El rey me ofrece títulos y posesiones en España, pero le he escrito que sólo aquí deseo servirle. ¡Que todo me lo dé en estas hermosas tierras! Forjaremos un imperio nuevo, regido por leyes justas, limpias… ¡Que tal parezca el mundo recién nacido! No descansaré antes de ver afianzada la conquista. Y a fe que lo he de lograr.
LAUTARO -¿Cómo? ¿Con el filo de tu espada?
VALDIVIA -Pues, ¡sí! También con la espada. Sois testarudos. Pero los españoles somos doblemente porfiados. Cuando cayó Michimalongo sobre la ciudad de Santiago, no dejó cosa buena. Estaba yo ausente y al verlo ¡no pude menos de llorar! Luego se levantó, y más lozana. Les hubieras visto: hombres fatigados por la edad, el hambre, las heridas, quitándose el trigo de la boca para sembrarlo. En harapos, llevados sobre los surcos, el azadón en una mano, el arma presta en la otra. ¡Aunque mil veces destruyan nuestras ciudades, mil veces volverán a surgir! Veremos dónde hay mayor porfía. (Calla. Se le acerca desanimado) Me dejas ir de palabras con tu silencio y te hablo desafiando, como a un enemigo. Extraño lazo, en verdad, el que nos une y nos aparta. (Pausa) Tengo de escribir cartas al rey. Ve por el escribano. No, deja. Iré yo mismo. Me aliviará respirar el aire de la tarde. O mis cartas traslucirán ésta mi melancolía. (Sale).


Escena 3
(Se escucha la voz dulcificada de COLIPÍ voceando unos piñones. Luego lo vemos entrar vestido de mujer. Entra contoneándose con su canasta, rostro cubierto, pasa cerca de los guardias que no le hacen juicio.)
COLIPÍ -Piñones… piñones… India vender piñones. (A LAUTARO que la ha mirado.) ¿Querer comprar tú indio? (Ríe.) (LAUTARO que estaba mirando el mapa escucha un leve silbido y lo reconoce. Se le acerca divertido al ver su falda y senos postizos, manto y flores asomando sobre la frente.
LAUTARO -Vaya… es la risa de Colipí, el rostro de Colipí… (Alza su falda.) ¡las piernas gruesas de Colipí…!
COLIPÍ -(Dándole un palmetazo con gesto coqueto.) Indio atrevido. ¿Qué tiene de raro? Es la madre, la tía de Colipí. (Apartándose con él hacia donde no lo descubran los guardias se saludan entrelazando los dedos de sus manos.) ¡Cuánto me costó encontrarte, muchacho! ¡Tus diez en mis diez… “marri-marri”! No pensé que estabas tan cerca.
LAUTARO -No abras la boca. Nadie debe saber que estoy en Concepción.
COLIPÍ -¡Ya no soportan la inquietud!
LAUTARO -¿Quiénes?
COLIPÍ -Un par de ojos ardientes. Y otros ¡que ya no ven la luz!
LAUTARO -¡Ciego está mi padre!
COLIPÍ -Pero te aguarda ansioso. ¿Qué debo, pues, decirles?
LAUTARO -Que no se inquieten. Y ¡que no me has visto!
COLIPÍ -Como se ve que no es a ti al que se le cuelgan de las piernas “dime algo, tú sabes, Colipí…” (Cómicamente.) ¿Crees que se contentarán con un “no lo he visto, pero manda decir que no se inquieten?”
LAUTARO -Entonces no lo digas. Y vuelve dentro de diez días, cuando la luna esté delgada. Antes de partir al Norte, con Valdivia, prometo enviar un largo mensaje.
COLIPÍ -(Iniciando salida.) ¡No faltaré! (Aparecen atrás los españoles.)
LAUTARO -¡Cuídate herma… hermana! (Ríen.)
COLIPÍ -(A los soldados.) ¡Piñones! ¡India vender rico piñón…!
UN ESPAÑOL-Ah, tú, ven acá… (Colipí hace un juego burdo de coqueteo ofreciendo su cesta de piñones.)
COLIPÍ -¿Piñones…? (Burlándose los dos españoles cogen en vilo a COLIPÍ dándole agarrones, mientras él se debate en el aire con chillidos agudos.)
ESPAÑOL 2 -Deja… es carne dura… (Han salido los tres. LAUTARO divertido observa. Luego retoma su trabajo de pulido. Entra VALDIVIA seguido del escribano que trae una tablilla con pergamino, pluma y tintero, fijo en la tablilla.)
VALDIVIA -Ya es tiempo de consignar por escrito lo que aquí se ha hecho. (Pausa, con melancolía.) Mis memorias. No hay mejor distracción para el hombre que entrar en su propio invierno.
ESCRIBANO-Vuestra Señoría vive sus mejores años. ¡Y que Dios le dé muchísimos más!
VALDIVIA -Hoy me pesan. (Cambia su actitud al empezar el dictado.) Di que esta tierra es tal que no la hay mejor en el mundo. (Pausa.) Dígolo porque es llana, sanísima y de mucho contento. Hacen tan lindos soles, aun en los meses de invierno, que todo el día puede estar el hombre al sol, que no le es inoportuno. (Pausa.) En fin, di que esta tierra es tal, que para perpetuarse no hay otra que la iguale. (Animándose.) Abundante en pastos y sementeras. Y para darse todo género de ganado. (Pausa. Mirando a LAUTARO, alejándose del escribano que deja de escribir.) Esto lo digo por el valle del Aconcagua. El que nace en tierras yermas no puede sino deslumbrarse ante tanta galanura. ¡Se diría que Dios creó estas regiones de intento, para tenerlo todo siempre a mano!
ESCRIBANO-¿Dictáis… don Pedro?
VALDIVIA -No, aguarda. (A LAUTARO.) Al norte del río Maule, quizá por la dulzura del clima, la gente es pacífica y dócil. Pero acá en el Bío Bío, aunque haya paz ¡el aire huele a rebeldía! (LAUTARO esquva su mirada.) El clima es hostil. Pero el paisaje ¡doblemente hermoso! (Al escribano.) Di que desde que cruzamos el Bío Bío supimos que teníamos que vernos con otra gente, aunque hablen ellos la misma lengua. “Araucanos”, les llaman los nuestros. Son rebeldes, feroces. Se lanzan al combate en infinitísima cantidad. Y con tal ímpetu y alarido, tal empuje y tesón ¡que jamás viera a gente así pelear! (Mirando con intención a LAUTARO que finge concentrarse en su trabajo.) Desafían la muerte. Y soportan con tal indiferencia el dolor que se diría que no lo sienten. (Luego de un silencio, al ESCRIBANO.) Basta por hoy.
ESCRIBANO-Estáis pálido, señor. Quizá al dictar, el recuerdo de España…
VALDIVIA -Hoy como nunca me ha dolido.
ESCRIBANO –Es natural, siendo vuestro aniversario. Dejad que os alegre. Iré por vino. (Por la melodía que retoma a lo lejos, a trechos.) Ya se preparan los músicos. Y la señora que vos sabéis… (Le sonríe.) concibió la idea de celebraros con cantos y danzas de vuestra tierra. (Sale.)
VALDIVIA -(Acercándose a LAUTARO y tomando la armadura.) Terminaste de pulir. Ahora se echan de ver los delicados arabescos. Forjada por artífices de Toledo. Aquí no conocéis el trabajo d elos metales. Los incas son buenos orfebres. (Golpea con sus nudillos sobre la armadura.) Contra el metal se quiebran las puntas de madera de lanzas y flechas. Aprende que tanto como el arma que ofende, importa el arma que defiende. Una como ésta llevarás cuando te ponga al mando de mis yanaconas. Siento gran afecto por ti, muchacho, Alonso, amigo… ¡o como deba llamarte!
LAUTARO -Llámame Lautaro como yo te llamo Valdivia.
VALDIVIA -(Sonríe.) ¿Nunca me dirás “don” Pedro?
LAUTARO -Dices que somos iguales.
VALDIVIA -Tu raza como la mía, es noble. Pero no somos iguales en edad. Y en rango. El “don” bien ganado lo he, aunque aquí muchos me lo niegan: tengo más de un enemigo. El oro y el poder vuelven al hombre codicioso. Pero ¡en ti confío!
LAUTARO -¿En mí, tu prisionero?
VALDIVIA -Eres libre.
LAUTARO -Tú mandas, yo obedezco.
VALDIVIA -¡Trabajas para mí, mil veces terco!
LAUTARO -Es suave el yugo. Pero ES yugo.
VALDIVIA -Si el yugo te incomoda ¿por qué no huyes?
LAUTARO -(Luego de un silencio.) Un día tendré que hacerlo, Valdivia.
VALDIVIA -Me asombras. No hay oídos como los tuyos para mis discursos y hay en tus ojos dulzura si te descuidas. ¿Por qué de palabra me agredes? (Entra DOÑA SOL, amante de VALDIVIA. Es una mujer joven y hermosa.)
DOÑA SOL -¡Gran suerte y alegría os llegue con este nuevo aniversario!
VALDIVIA -Bienvenida, doña Sol. (Se inclina y besa su mano. LAUTARO se retira con la armadura, al pasar cerca de DOÑA SOL la mira con cierta agresividad)
DOÑA SOL -(Con un gesto hacia donde sale LAUTARO.) Aquel indio, Alonso… no me agrada la forma en que os mira.
VALDIVIA -Mucho le aprecio. Y él a mí.
DOÑA SOL -Perdonad, señor, pero os ciega vuestra nobleza: atribuís a los demás vuestros sentimientos. O es quizá el afecto que os sobra al no tener hijos.
VALDIVIA -¿Por qué os preocupa?
DOÑA SOL -Dice vuestro clérigo que estos bárbaros no poseen un alma como el cristiano. Que son… bestezuelas, pues les falta la luz de Dios. Gente sin discernimiento y capaces de traición.
VALDIVIA -(Amargo.) ¿No lo son también los nuestros? La traición ¿no la he sufrido yo mismo?
DOÑA SOL -Es verdad, Pero en algo lleva razón el clérigo: no son de confiar. Quizá lo enviaron a vuestra casa a espiaros como hacen con las indias de servicio.
VALDIVIA -No me hagáis reir ¡le traje siendo un niño!
DOÑA SOL -N riáis tan pronto: mi tío, el de Toledo, crió un cachorro de león que encontró en el monte. Le dio alimento en su mano. Pero creció rebelde, hosco. Mi tío no desconfió. “Son animales nobles”, decía.
VALDIVIA -¡Tal es mi Alonso! Hosco, rebelde, pero noble.
DOÑA SOL -Al crecer la fiera mostró afilados colmillos. Instamos a mi tío a que lo devolviese al monte. No pudo hacerlo: se querían.
VALDIVIA -Estaba domesticado.
DOÑA SOL -Nunca se domestican del todo las fieras, mi señor.
VALDIVIA -Me inquietáis, doña Sol. ¿Cómo termina vuestra historia?
DOÑA SOL -Mal. La fiera le dio un día tal zarpazo que por poco lo degüella. Hubo que sacrificarla: conocía ya el camino de su casa.
VALDIVIA -¿Es cierto vuestro relato o lo decís para amedrentarme?
DOÑA SOL -No me hagáis juicio: exagero mis temores por lo mucho que … os estimo. (Se han acercado algunos.) Empieza vuestra celebración, señor mío. Disfrutemos del baile. (El bailarín ejecuta una danza popular de la época acompañándose con cascabeles y castañuelas animado por la concurrencia. Se sirve vino. Uno rasguea una guitarra española. Los otros acompañan con palmas. La luz desciende lentamente hasta el negro. Se detienen al escuchar una música mapuche que se superpone a la música de la fiesta.) Apagón.


Escena 4
(Unos indios acarrean bultos al fondo. Entran al volver la luz, sector izquierdo, LAUTARO y COLIPÍ –esta vez sin disfraz- y se saludan entrelazando los dedos de sus manos.)
COLIPÍ -¡Tus diez en mis diez, hermano! La luna está flaca y aquí me tienes. Pero antes de escuchar tu mensaje (Pausa.) Tengo uno muy doloroso para ti! Murió el honorable y bondadoso Curiñancu. (LAUTARO acusa el impacto, se vuelve para ocultar su gran dolor.) ¡Con los pillanes del cielo está tu padre, muchacho! (Viendo a LAUTARO profundamente afectado, trata de distraerlo.) Lo pusimos en el tronco ahuecado del roble que creció con él a la vera de su ruca. Los oradores fúnebres hablaron tres días con sus noches. Guacolda dejó en la sepultura el cántaro con el maíz, y su lanza y dejó el fuego para cuando su alma cruce hacia los confines. (LAUTARO continúa sin reaccionar.) Vamos, muchacho, ten valor. Y cumple con lo tuyo. (Animándolo.) ¡que ya anuncié a los nuestros tu largo mensaje!
LAUTARO -(Sombrío, sin volverse.) No habrá mensaje, Colipí.
COLIPÍ -¿Qué dices?
LAUTARO -¡Contaba los días para reunirme con mi padre! (Pausa.) Estoy confuso. Sin su consejo… ¡no valgo nada!
COLIPÍ-Ánimo, Lautaro. Piensa que es cosa natural: cada día nacen niños y mueren ancianos.
LAUTARO -Pero ¡por qué mi padre!
COLIPÍ -Ah, Sólo piensas en él. Hay muchos que necesitan de ti. Y olvidas que hay una mujer que se desvive esperándote.
LAUTARO -(Voz queda.) Le dirás que mucho pienso en ella.
COLIPÍ -Pero querrá saber si regresas pronto… ¡o nunca!
LAUTARO -(Con enojo.) Sabes que regresaré.
COLIPÍ -¿Cuándo?
LAUTARO -Antes de iniciarse la guerra. ¡Valdivia quiere ponerme al mando de sus yanaconas!
COLIPÍ -(Con intención.) Dicen que mucho te aprecia. Y que tú, como nadie le sirves.
LAUTARO -(Brusco.) ¿Quién lo dice? (Con enojo lo remece como agrediendo.)
COLIPÍ -(Ríe.) ¡Los pájaros… que me cuentan los secretos! (LAUTARO cede a su dolor y se abraza a COLIPÍ que lo reconforta.)
LAUTARO -No he olvidado a lo que vine. ¡Ese es mi mensaje! Y ahora ¡aléjate! Alguien se acerca. Estamos haciendo los preparativos para el viaje a Santiago. (Se escuchan pasos y voces. Sale rápidamente COLIPÍ.) (Hay un movimiento de soldados, entra VALDIVIA y DOÑA SOL. LAUTARO se queda en un extremo en algún quehacer.)
DOÑA SOL -¡Os lo ruego, señor! Si le lleváis ¡permitid que también yo os acompañe! (Calla al ver a LAUTARO.)
VALDIVIA -(Sonríe.) Tanto celo me halaga, mi doña Sol. Mas no hay motivo alguno de alarma. (Llamando a LAUTARO.) Ven acá. (Ella le ruega con el gesto que no aluda a lo que le ha dicho. A LAUTARO.) Di: ¿está todo dispuesto para el viaje?
LAUTARO -(Taciturno.) Como ordenaste. (Se va a retirar.)
VALDIVIA -Aguarda. Esta, mi señora, me pide que no te lleve conmigo a Santiago.
DOÑA SOL -(Bajo.) Callad, por Dios…
VALDIVIA -Dejadme. (A LAUTARO.) Teme por mi vida (Con malicia.) al no poder cuidar mi sueño. Desconfía de ti por algo… torcido que cree ver en tus ojos. Vamos: mírala de frente. Que sepa que nada tienes que ocultar. (Pausa.) ¿Por qué no lo haces?
LAUTARO -Obedezco tus órdenes en el trabajo, Valdivia. No cuando dices dónde debo mirar.
VALDIVIA -(Alegre.) ¡Ved que no es traidor, pero sí, rebelde! No hay doblez en su carácter. Y si os falta mejor prueba (Le tiende su daga a LAUTARO.) ¡limpia mi daga y afila bien su hoja! Cuando estemos solos y yo dormido ¡podrás hundirla en mi garganta!
DOÑA SOL -Señor… os lo suplico. ¿Para qué desafiarle?
VALDIVIA -Dejad entonces vuestros temores. Y tú, responde con derechura, Lautaro -y mira que por tu buen nombre te estoy llamando- responde ¿serías capaz de alzar contra mí tu brazo?
LAUTARO -Mi brazo, jamás. ¡Aún siendo tú, como eres, mi enemigo!
VALDIVIA -¡Con qué franqueza, con qué pasión ha respondido! (Por la daga.) Quédatela. Tuya es la daga. (Se aleja con DOÑA SOL.)


Escena 5
(LAUTARO en escena, aislado por una luz del resto del escenario. Un latido va subiendo, es un cultrún, al comienzo se oye suave. Lo baña una luz irreal.)
LAUTARO -¡Cacique Curiñancu! ¿No habias ya este mundo? (Pausa.) ¿Te vio el barquero para cruzarte hacia los confines? ¿Estás entre los pillanes. (Mira a tierra, desanimado.) ¿O te has quedado mudo y ciego en la estrecha canoa de tu sepultura? ¿Se pudrirá el maíz en el cántaro, se extinguirá el fuego y devorarán los gusanos de la tierra tu lanza de coligüe? (Se desplaza angustiado. Alza sus ojos con lágrimas.) Y tu alma, Curiñancu ¿desapareció para siempre? ¿Y estoy hablando con mi propio dolor? (Un silencio.) Dicen los extranjeros que nuestras creencias son falsas. Que no existe nuestro Chao-Gnenechén ni los pillanes que nos cuidan. Que su Dios es el único verdadero, que sin él no hay salvación. (Cambio.) ¡Háblame, Curiñancu! ¡Háblame conla voz del trueno! (Aguarda un instante, suplicando.) ¡Dígnate hablarme! ¿Quiéres que me mate el dolor? (Serenándose algo después de un silencio.) Cumplí tu encargo, el que sin decir me ordenaste: vigilé día y noche y aprendí que ellos no son invencibles, que igual que nosotros se fatigan; son pendencieros, se traicionan. ¡Sólo en su saber nos llevan ventaja! (Con súbito enojo.) ¿Por qué no se abrieron mis labios para enviar a los míos un mensaje, diciendo lo que he aprendido? (Pausa.) ¿Acaso su Dios es más poderoso que el nuestro y me dejó mudo? (Luego de una pausa larga.) Desde niño me enseñaste a ser leal, a no mentir ni cometer traición. (Apasionado.) ¡Mírame ahora! ¿No comprendes? Si soy leal a Valdivia, traiciono a mi pueblo! Si soy leal a mi pueblo tendré que morder la mano del que día a día me dio el alimento y … el cariño. (Pausa.) Él ama nuestra tierra, respeta nuestra raza, sueña con un imperio nuevo, de leyes justas que hemos de formar unidos. (Pausa.) Mi pueblo desea su muerte. Y yo… (Con emoción contenida.) ¡le quiero como a un segundo padre…! (Sonido de truenos. LAUTARO cae hacia atrás como fulminado. Surge una luz. Luego se levanta, busca. En lo alto de entre las sombras surge la figura de CURIÑANCU; se ve sereno, sonriente. LAUTARO no le ha visto, se mueve inquieto por el anuncio del trueno. Se inicia una música incidental de gran dulzura, seguirá suave, de fondo.)
CURIÑANCU–Lautaro.
LAUTARO -(Siempre en tierra sin verlo.) ¿Quién me nombra? ¡Qué dulce voz! ¿Es un buen amigo que toma la voz de mi padre para confortarme?
CURIÑANCU–Soy yo, Curiñancu.
LAUTARO -(Busca y fija sus ojos en una luz fuerte a su costado, simbólicamente lo está mirando.) ¡Estás con vida! (Se queda quieto, la voz ahogada por su emoción.)
CURIÑANCU –Una vida engañosa que me presta tu sueño por un breve instante. Habla Lautaro.
LAUTARO -(Con lágrimas, hacia la luz.) ¡Me llena tu presencia de alegría… me llena tu presencia de alegría! (Retomando control sobre sus sentimeintos, sentado en tierra le habla.) Si es tu claro pensamiento el que me visita, di pronto ¿a quién debo dar razón… a Valdivia o a mi pueblo?
CURIÑANCU –Cada cual tiene sus razones: las de tu pueblo no son buenas para Valdivia. Las de Valdivia no son buenas para tu pueblo.
LAUTARO -Lo sé, padre. ¡Es por eso que mi alma está dividida!
CURIÑANCU –Responde entonces:¿quiénes son los que se fatigan en las encomiendas y lavaderos de oro y son duramente castigados si intentan huir? ¿Los extranjeros o los nuestros?
LAUTARO -¡Los nuestros, padre, son los que se fatigan y mueren!
CURIÑANCU –¿Quiénes llegaron a apoderarse de nuestra tierra y a imponernos sus leyes?
LAUTARO -¡Los extranjeros!
CURIÑANCU –¿Quién los manda, quién los guía?
LAUTARO -(Con dolor.) Valdivia.
CURIÑANCU –Cuando se llevan a sus casas a nuestras mujeres ¿sirven ellas o son servidas?
LAUTARO -Sirven. Y reciben los peores tratos.
CURIÑANCU –Y nuestros hermanos sometidos, al volver sus armas contra su propia raza ¿hacen ellos bien o hacen mal!
LAUTARO -¡Están ciegos, padre!
CURIÑANCU –Y ¿quién se lleva el oro que tanto dolor nos cuesta?
LAUTARO -¡El extranjero… para mejor doblegarnos! Perdóname, padre: deslumbrado por el afecto y por la ciencia de Valdivia ¡a punto estuve de olvidarlo!
CURIÑANCU –Hijo mío, ve con los tuyos, y ¡muéstrales el camino! El Padre-Dios te proteja. Curada está tu alma. (Baja la luz que alumbra en lo alto la figura de CURIÑANCU. LAUTARO, con desesperación va de un lado a otro, buscando con pasión le grita)
LAUTARO -A ti, Curiñancu que moras conlos pillanes… ¡te juro que ha de morir el Apo extranjero Valdivia! Con dolor lo digo, muerto le quiero… Pero, ¡por mi brazo, jamás! (Levanta la daga.) ¡Por su daga lo juro, que en ello a Valdivia no mentí! (Se inician al son de cultrún y música incidental, unos compases, como en una danza ritual se mueve en su puesto gritando, la daga en alto.) Muerto le quiero… muerto le quiero ¡para que viva en paz el pueblo mío! (Apagón)
(Música de separación. Queda en sombra la parte central y el costado “Español” de la escena, mientras cae la luz sobre la ruca de donde saldrán COLIPÍ y luego GUACOLDA al cesar la música.)


Jornada Tercera
Escena 1
(GUACOLDA y COLIPÍ en la ruca.)
GUACOLDA –¡Mientes, Colipí!
COLIPÍ -Vaya, niña: das crédito a las malas noticias y no a las buenas.
GUACOLDA –¡Repítelo!
COLIPÍ -¡Lautaro ha vuelto: la mejor prueba de que ya viene es ¡que yo me voy! (Sale veloz con una pirueta.)
GUACOLDA –Aguarda… ¿Cómo estoy? (Música suave, muy dulce, de fondo.) ¿Cómo le pareceré? (Se mueve como en sueños.) ¿Recordará mi rostro? (Arregla sus vestidos, sus cabellos. En lo alto surge LAUTARO. “Canciónd el Sur”, de los Jaivas. Música instrumental y dos estrofas. Entre las estrofas cantadas van los parlamentos siguientes: Con toda el alma, dulzura mía, como una luna por la garganta quiere salir, quiere brotar, como canción, tanta ansiedad como el murmullo, también se va.)
LAUTARO -Cuantas veces me vi, en la distancia, tomándote las manos… acercando tu cuerpo al mío… Amada.
GUACOLDA(Voz casi secreta.) Amado. (Se acercan lentamente.)
LAUTARO -Olor a río, olor a bosque, Guacolda… ¡bella mujer!
GUACOLDA –Lautaro.
LAUTARO -(Baja de un salto y la abraza con alegría.) ¡Tengo ya todo lo perdido! (La alza en sus brazos.)
GUACOLDA(Sorprendida, ríe.) ¿Qué haces?
LAUTARO -Cumplo con el admapu: te rapto para poder llamarte esposa. (Empieza a dar vueltas con ella en brazos.)
GUACOLDA –¿Me robas de la ruca del padrecito para devolverme a ella?
LAUTARO -(Siempre con ella en brazos desplazándose.) Así es. (La deja en tierra.) Está cumplido. Ya eres mi esposa, Guacolda.
GUACOLDA –Eres mi esposo, Lautaro… Siento el arrullo de tu calor, noches y luces traen la voz del firmameno, la cordillera, alta espera sobre las nubes, o en el aliento sobre las nubes, o en el aliento. (Por un momento continúa la danza en la coreografía entre primitiva y actual que simboliza la consumación del amor, basada en movimientos de las aves, el macho rodeando a la hembra, etc.) (Al volver la luz están donde quedaron al finalizar la danza, sentados en el suelo, LAUTARO parece preocupado.) (Apagón.)
(Al volver la luz están donde quedaron al finalizar la danza, sentados en el suelo. LAUTARO parece preocupado.)
GUACOLDA - ¿Piensas en él? (El asiente) No está ausente. Ha de estar rondándonos en forma de una avispa… o de un aguilucho. ¡Sí! Curiñancu: águila negra… de alto vuelo. Pronto te ha de hablar en las palabras que tiene el fuego, o en el trueno…
LAUTARO -(Corando su parlamento) Ya me habló. (Como para él) Un pesado sueño me derribó en pleno día… (Cambio enérgico.) Tengo que ir al recinto del Consejo. Me presentaré ante Colo colo.
GUACOLDA(Se levanta nerviosa.) ¿Cómo? ¿Tan pronto quieres dejarme?
LAUTARO -(Acariciándola.) Tendrás que ser paciente. Tu esposo ya ni a ti ni a él se pertenece.
GUACOLDA –Es que… es demasiado tarde: el toqui de guerra está elegido. (El la mira incrédulo.) Me lo dijo Colipí.
LAUTARO -(Reacciona dinámico.) Colipí… ¿dónde está Colipí? (Surge sorpresivamente COLIPÍ.)
COLIPÍ –¿Me llamabas hermano? ¡No estaba lejos, pero sí, invisible! (Ríe.) (Serio.) En verdad. Colo colo tiene ya su toqui de guerra. Pero no tienen quién los guíe. ¡Sin saberlo te aguarda!
LAUTARO -¡Llévame a él!
GUACOLDA(Se abraza de LAUTARO.) Es tan joven ¿quién querrá escucharlo?
COLIPÍ -Vaya. La recién desposada quiere retener al esposo. ¡No la culpo! Abrázala, muchacho. Están celebrando en el claro del bosque y ya sabes cómo tragan y beben esos glotones. (A ella.) Dame algo con qué remojar el gaznate y relataré lo ocurrido. (GUACOLDA se desplaza y le da de beber.)
LAUTARO (Impaciente.) ¿Y bien?
COLIPÍ -Colo colo plntó en tierra la lanza y la saeta con la punta ensangrentada: “la tierra clama venganza –dijo- los guerreros que han muerto ¡no habrán muerto en vano!” Y empezó la competencia ¡por poco se matan ellos! Así es que Colo colo ordenó que la competencia se hiciera cargando un árbol sobre las espaldas. (Bebe.) ¡Lo que mis ojos vieron! (Ríe.)
LAUTARO -Di ¿quién ganó la competencia?
COLIPÍ -(Fingiendo estar ofendido.) ¿Pretendes que te diga en dos palabras lo que yo tardé tres días en saber? (Ríe) Me daré prisa. (Con rapidez excesiva cuentas.) Partió Cayupil, le siguió Ongolmo, resistieron una tarde y una noche. Luego entró Tucapel, los superó a mabos por toda una mañana. Se presentó Lincoya, superó a Tucapel y ya cantaba victoria cuando surgió nade sabe de dónde, Caupolicán! Ese hombre que tiene dos veces mi ancho y dos veces mi estatura.Alzó ese enorme tronco como quien alza una pluma… (bebe y ríe, gozando con su propia historia.)
GUACOLDA(Nerviosa.) Pero dinos ¿cuánto aguantó Caupolicán?
COLIPÍ -¡Tres días con sus tres noches! Se movía con esa pesada cosa, tomaba el alimento, hasta durmió con el árbol encima. Luego lo lanzó lejos, como diciendo “¡podría volver a empezar!” Ah, fanfarrones incorregibles.
LAUTARO -¿Y?
COLIPÍ -(Levantándose ágil.) Fue nombrado toqui de guerra, pero ¡los pájaros me han dicho que aguardan aún al toqui de toquis que ha de guiarlos!
LAUTARO -(Se ha puesto en pie.) Vamos, Colipí. (GUACOLDA rompe a llorar) ¿Cómo es eso? ¡Sigues siendo una niña llorona! (La acaricia, sonriéndole.) Madrecita… pronto estaré de regreso. (Salen los tres.)


Escena 2
(Música incidental mapuche. Entra el machi con sus atuendos moviéndose en una danza ritual, recita luego, acompañándose a trechos con el cultrún):
HECHICERO –Las presencias invisibles de los muertos renacen cada primavera como el fruto de la semilla. Nos hablan nuestros padres en su dulce lengua en todo lo que tiembla, vuela y se agita. ¡Indivisible es el destino del mapuche y de su tierra! Meli-huitrán-mapu tierra de las cuatro esquinas. Meli-huitrán-mapu. Mapu, mapu, ¡sabrada tierra de las cuatro esquinas! (Breve danza, mientras se retira. Luz sobre el costado derecho -ruca- donde ya han entrado Colo colo y sus tres consejeros.)




Escena 3
(COLO COLO y tres CONSEJEROS; visten ponchos largos, llevan máscaras ceremoniales de madera. Están sentados en el suelo. COLO COLO, anciano cacique, no lleva máscara. Los CONSEJEROS se la quitan al entrar LAUTARO. Entran dos mapuches guardianes del recinto trayendo a LAUTARO. Y reteniéndolo con sus lanzas para que no se acerque a ellos.)
GUARDIA 1 –Honorables ¡hallamos a este mocetón en el recinto sagrado! (Se apartan los guardias dejando a LAUTARO ante ellos.)
CONSEJERO 1-¡Grave falta!
CONSEJERO 2-¿Desconoces el admapu? Nadie puede pisar esta tierra durante la ceremonia.
COLO COLO -¿Quién eres? (Pausa.) Nómbrate.
LAUTARO -Soy Lautaro. Hijo de Curiñancu.
COLO COLO -¿Por qué entraste al recinto?
LAUTARO -Mi padre me envía.
COLO COLO –El cacique Curiñancu mora ya en las alturas.
LAUTARO -(Humilde) Venrable Colo colo, mi padre, en sueños, me ordenó… (Los mira y vacila con temor.)
COLO COLO -¿Qué te ordenó el espíritu del honorable Curiñancu?
LAUTARO -(Con voz firme) Guiar a mi pueblo en la guerra que se avecina. (Hablan, escandalizados, los tres CONSEJEROS, en forma atropellada.)
CONSEJERO 1 -¡Guiar a su pueblo! ¡Vaya atrevimiento!
CONSEJERO 2–No bien deja las faldas de su madre, se lo llevan los huincas y ¡pretende guiarnos!
CONSEJERO 3 –Dicen que sirvió a Valdivia con fidelidad. ¡No hay duda que es un espía suyo!
CONSEJERO 1 -¡Un renegado!
LAUTARO -Me ofenden gravemente los venerables.
CONSEJERO 1 -¡Échenlo fuera del recinto! (Los guardias lo van a sacar, COLO COLO los detiene con el gesto.)
COLO COLO -¿Sabes que la traición se castiga con la muerte?
LAUTARO -Lo sé.
CONSEJERO 2(A COLO COLO) No hay pruebas de su sinceridad.
CONSEJERO 1 –No hemos tenido el anuncio. ¡Cualquiera puede decir que lo envía el espíritu de un muerto.
CONSEJERO 3 –Su padre no se ha manifestado a nosotros.
COLO COLO –Honorables: Curiñancu me encomendó a su hijo antes de morir. ¿Le hacemos la prueba?
CONSEJERO 3 –Sería perder el tiempo.
CONSEJERO 1 -(Burlándose.) Sí: manda traer el árbol que cargó Caupolicán. ¡Vean sus hombros!
COLO COLO –Basta. No es la fuerza o la destreza del cuerpo lo que hay que probar, sino la agilidad de su mente. Lautaro: tendrás que medirte en sabidurái con mis consejeros. Porque… posees el don de la palabra ¿verdad?
LAUTARO -No poseo ese don. No fui iniciado como vosotros en el arte de la oratoria.
CONSEJERO 1 -¡Se declara vencido de antemano! La sabiduría sólo se mide con las palabras. ¿No te enseñaron los huincas a decir discursos?
CONSEJERO 3-Un toqui de toquis debe ser capaz de practicar la oratoria tanto como Caupolicán cargó el tronco: ¡tres días con sus noches!
COLO COLO –Ya lo oíste.
LAUTARO -(Vacila.) Yo digo ¡que no se ganan las batallas con largos discursos! (Los CONSEJEROS se miran desconcertados.)
COLO COLO –Es una respuesta que denota cordura. Pero, la cordura tampoco es suficiente para ganar batallas. Bien. Empezamos. La primera preguna es “qué se necesita para ganar una batalla”. (Indica por turnos a sus CONSEJEROS.)
CONSEJERO 1 –Fuerza, resistencia de los guerreros.
CONSEJERO 2 –Entrar en la batalla ¡dispuestos a morir!
CONSEJERO 3 –Lo dicho, más la ayuda de los dioses.
COLO COLO -¿Basta con eso?
LAUTARO -No basta.
CONSEJERO 3 –Vaya. ¿Qué más podría precisarse?
LAUTARO -Lo que el toqui extranjero llama “táctica! (Murmuran la palabra entre ellos con extrañeza.) Táctica guerrera.
CONSEJERO 2 -¡Jamás oímos tal cosa!
CONSEJERO 1 –Habla de modo que se te entienda.
CONSEJERO 3 -¡Dilo en lengua mapuche!
LAUTARO -No existe esa palabra en nuestra lengua. (Un silencio.)
CONSEJERO 1 -¡Se burla de nosotros, lonkó! Mal podemos emplear en una batalla algo que ni siquiera existe en lengua mapuche!
LAUTARO -¿Existe acaso en nuesra lengua la palabra “caballo”? ¿No existen por ello los caballos? ¿No pueden los mapuches montarlos, servirse de ellos en la guerra?
CONSEJERO 1 -(Rabioso.) Sabemos lo que es un caballo… Pero ¡Hablas de algo desconocido!
COLO COLO(A LAUTARO.) Di en qué consiste eso de… (Lo mira.)
LAUTARO -Táctica. Es un plan astuto, concebido de antemano. Sirve para sacar el mejor provecho de nuestras ventajas; así como las desventajas del enemigo.
CONSEJERO 1 –Un ejemplo, un ejempl.
LAUTARO -Al lanzarnos al ataque desordenadamente y en tropel, no sacamos ventaja de nuestro mayor número. Táctica sería atacar en grupos pequeños, formando escuadrones que se irían turnando enla lucha. (Se levanta y hace la indicación con sus manos.) Españoles… mapuches, mapuches… (Va marcando en tierra.) Esto es, ataca el primero y se retira antes de ser vencido. Deja paso al segundo, luego al tercero. Así, hasta agotar al enemigo que debe luchar sin descanso.
CONSEJERO 2 –Sí… es astuto.
CONSEJERO 1–No estoy de acuerdo. Retirarse sin ser vencido equivale a mostrar temor.
CONSEJERO 3 –No lo aceptarán nuestros toquis.
LAUTARO -¡Lo aceptarán, venerables, si se retiran para seguir luchando hasta vencer!
CONSEJERO 1 –Pero ¿no crees que al presentarse en grupos pequeños más pronto serán derrotados?
LAUTARO -Resistirán si se les adiestra a la perfección en el uso de una sola arma: habrá escuadrones de lanceros, de maceros, de flecheros… De ese modo se multiplica, la eficacia del arma y del hombre que la maneja. (Un silencio.)
COLO COLO –La segunda pregunta: “¿cómo debe defenderse el guerrero?
CONSEJERO 1 –Con agilidad y destreza para esquivar el arma enemiga.
CONSEJERO 2 –Para ello se les entrena: importa la rapidez.
CONSEJERO 3 –Y si no logra vencer ¡ha de morir en el campo de batalla!
COLO COLO –Lautaro… (Lo designa.)
LAUTARO -Aprendí de Valdivia que tanto como el arma que ofende, importa el arma que defiende la vida del guerrero.
CONSEJERO 1 -(Rabioso.) ¡Habla como un extranjero!
COLO COLO(A LAUTARO.) Te refieres a… (Gesto, indica el pecho.)
LAUTARO -Sus corazas.
CONSEJERO 1 -¡No querrás que luchemos como ellos, ocultos en conchas de metal!
LAUTARO -De ahí que por uno de ellos ¡caen cien de los nuestros!
CONSEJERO 2 -¡No tenemos ese metal!
CONSEJERO 3 –Además aquello le quitaría agilidad al guerrero.
LAUTARO -Podemos fabricar corazas de cuero de lobo marino. Quemado y endurecido es resistente. Y liviano. ¡Cada guerrero hará la suya! (Toma la lanza de un guardia y coloca en la punta su daga y se las muestra.) Y podemos también reforzar nuestras lanzas y flechas con puntas de metal. No se quebrarán contra sus armaduras.
CONSEJERO 2 –Y… ¿dónde se encuentra ese metal?
LAUTARO -En campos y minas: de ese material fabrian los extranjeros las herramientas para que trabaje el mapuche.
COLO COLO –Agudo pensamiento. ¡Como deberán ser las puntas de nuestras lanzas! ¡Se ve que aprendiste de los huincas!
CONSEJERO 1(Burlándose.) ¿Propones también que montemos sus bestias de guerra?
LAUTARO -Se hará. En cuanto sea posible. Por ahora podemos defendernos de sus bestias derribándolas cuando se inicia la batalla.
CONSEJERO 3 –Fácil es decirlo. (Ríen entre ellos.)
LAUTARO -(Agresivo.) ¡Y hacerlo! Basta darle al caballo un golpe certero de mazo entre los ojos. Cae en el acto. El jinete en tierra no vale gran cosa con el peso de la armadura. Podemos adiestrar para ello a los maceros.
CONSEJERO 2 -¡Adiestrar… adiestrar! ¡Lo dice como si fuera sencillo!
LAUTARO -Es difícil, pero no imposible. (Se miran con agresividad.)
COLO COLO –Calma, calma. Aún no termina la prueba. (Al CONSEJERO 1.) No pareces satisfecho. Di tus razones.
CONSEJERO 1 –Bien, lonkó. Por lo que él ha dicho, pareciera que el mapuche no tiene nada propio para ganar una batalla. Pienso que él desprecia nuestra tradición, las lecciones de nuestros padres. La astucia de nuestros toquis. (A LAUTARO.) Responde: ¿debemos imitar en todo al extranjero para vencerlo?
LAUTARO -(Seco.) No en todo, venerable. Sólo en aquello que nos convenga. Porque también hay cosas que nosotros tenemos ¡y que ellos NO tiene!
CONSEJERO 1 -¿Cómo qué, por ejemplo? ¡No digas que has inventado tú una nueva arma!
LAUTARO -Es un arma, en verdad. Pero no la he inventado. Siempre estuvo a nuestro alcance.
CONSEJERO 1 -¡Vaya petulancia! A nuestro alcance y no la han usado nuestros guerreros. (Mira a los demás buscando apoyo.)
LAUTARO -Se ha usado. Pero ¡sin darle todo su valor!
COLO COLO -¿A qué te refieres, Lautaro?
LAUTARO -(Pausa) El árbol, por ejemplo… (Ellos murmuran, con gestos de impaciencia.) El mapuche se sirve constantemente de él: en el árbol talla su cuna y su sepultura. El rehue, las máscaras cermoniales. Construye su ruca, lo quema para obtener luz y claro. Pero no exclama: “Vaya ¡qué útil es el árbol! ¡Sin el árbol el mapuche no sabría vivir!”
COLO COLO -¿Quieres decir que es algo que… sabiéndolo, no lo sabemos?
LAUTARO -¡Es lo que ocurre con el terreno de batalla, lonkó! El mapuche conoce su tierra como la palma de su mano. El extranjero, no. Si la estudia de antemano hay mil formas en que puede brindarnos su ayuda: (Mímica con su mano en tierra.) podemos atraer al enemigo hacia una cuesta empinada ¡llegará arriba sin fuerzas para luchar! O hacia un bosque, erizado de trampas. O desviarlo hacia los pantanos donde se hundirán con el peso de sus armaduras. Así, el terreno de batalla se convierte en nuestro mejor aliado!
CONSEJERO 2 –Parece sensato.
COLO COLO -(Al CONSEJERO 1.) ¿Estás tú de acuerdo?
CONSEJERO 1 –Es astuto. Lo admito. Pero ¡siempre que aquello pueda hacerse! Adiestrar nuestras huestes en lo que él llama…
COLO COLO(Ayudándolo.) Táctica…
CONSEJERO 1 –Requiere mucho tiempo ¡y no disponemos de él!
LAUTARO -(Firme.) Se hará, lokó. Y en menos tiempo del que tarda el maíz en madurar en la mata. ¡Porque es preciso hacerlo… se hará!
COLO COLO(Alegre.) Habla por su boca el ardor de la sangre joven.
CONSEJERO(Rabioso.) ¡Sangre joven…! ¡De qué sirve el ardor de la sangre joven si no va unido al saber del anciano!
LAUTARO -(Con despecho.) No siempre la edad confiere sabiduría.
CONSEJERO 1(Estallando.) ¡Esa es una insolencia! Para nosotros y para ti, Colo colo. (Lo mira de alto abajo.) Se presenta aquí un mocetón envanecido ¡y pretende imponernos ideas ajenas! Se vuelve contra la sabiduría del anciano. ¡Los huincas han hecho de él un traidor a su pueblo! ¡Hazlo salir!
LAUTARO -No es necesario. (Sale con paso rápido. Lo retienen los guardias.)
COLO COLO -¡Alto! ¿Dónde vas, hijo de Curiñancu?
LAUTARO -Donde pueda ser escuchado.
COLO COLO(Autoritario.) Este es el lugar. Acércate. (LAUTARO sigue inmóvil.) Acércate. (LAUTARO va hacia él.) Permití que entraras al recinto sin ser llamado. No saldrás sin que te lo autorice.
LAUTARO -Cacique Colo colo: no he pretendido faltarte. Ni a tus consejeros.
COLO COLO –No debes alterarte al hablar con ellos: sólo los mueve su gran responsabilidad hacia nuestro pueblo. Escoger toqui de guerra es sencillo. No lo es elegir al toqui que ha de guiarlos. Querías ser escuchado ¡habla!
LAUTARO -Preguntabas antes qué se necesita para ganar una batalla. Pregunto yo ¿qué se necesita para ganar esta guerra, la guerra del pueblo mapuche contra el invasor extranjero?
CONSEJERO 1 -¿Acaso no es lo mismo que para ganar una batalla?
LAUTARO -Una guerra es más que una batalla. Y esta guerra, la de nuestro pueblo ¡es más que cualquier guerra! No basta el valor, la astucia y las tretas de que antes se ha hablado si no tiene el mapuche ¡una buena razón para ganarla! O al menos ¡para no ser vencido!
CONSEJERO 3 –Esa razón no puede ser otra que el odio.
CONSEJERO 2 –El odio…
CONSEJERO 3 –El odio contra quienes vinieron a someternos.
CONSEJERO 2 –A imponernos leyes ajenas. A despojarnos.
LAUTARO -El odio no es una buena causa. Es débil. ¡Puede que esta guerra tenga que durar más de lo que dura el odio!
COLO COLO –Si no es el odio ¿qué debe pues movernos a combatir! (Urgiéndolo, confiando en su respuesta.) Di ¿qué debe movernos a combatir?
LAUTARO -¡El amor entrañable que profesa el mapuche a su tierra! ¡y a su libertad!
COLO COLO -¡Bien dicho! Y por ello nuestro Chao-Gnenechen te bendiga! Porque ¿de qué le vale al mapuche ser libre si lo despojan de su tierra? O ¿de qué le vale tenerla si ha de vivir en ella sometido? Bien lo dijo el hombre santo: “aquí en esta tierra moran los espíritus de nuestros padres, y entodo lo que crece, vuela o se agita, nos hablan en su dulce lengua”. Entregar la tierra es dejarlos morir dos veces. Por eso el mapuche siempre amó su tierra con un amor entrañable. Perderla ¡es perderlo todo! Luchamos, pues, por una causa justa y noble.
LAUTARO -¡Mejor que yo, él lo ha dicho! Cada guerrero debe tenerlo presente al entrar en batalla. Así la razón de esta guerra se convierte en su arma más poderosa. No ha de morir el guerreo para no sufrir deshonra, sino que ha de vivir para ¡no ser vencido! (Entra la música instrumental de la canción de Los Jaivas “Indio Hermano”.)
COLO COLO(Poniendo al cuello de LAUTARO el hacha de mando que se quita del suyo.) ¡Salve Lautaro, Toqui de Toquis!
CORO DE LOS TRES CONSEJEROS -¡Salve Colo colo, Cacique de paz! (Han entrado otros dos guerreros y COLIPÍ, este último trae un instrumento mapuche que tocará luego, pfilca, uno de los consejeros toca una trutruca. El CONSEJERO 1 le entrega el cuerno de batalla que llevaba colgado, otro, una lanza. )
LAUTARO -¡El destino de nuestro pueblo es resistir! (Aquí el coro de los guerreros y LAUTARO cantan una estrofa de “Indio Hermano”.) (Sobre música instrumental, dicen.) No cambiaré, mi destino es resistir esa civilización de poder y de ambición. No cambiaré, porque no puedo ya vivir engañado, solo, esclavo, triste y sin amor.
COLO COLO -¡Tenéis ya vuestro Apo, el Toqui de Toquis, Lautaro!
CORO -(Avivándolo.) Lautaro, Lautaro… Lautaro…
COLO COLO –Chao Gnenechen ¡guía a nuestro guía! ¡Al caudillo de nuestro pueblo!
CORO -Lautaro… Lautaro… (Con un grito de guerra lanzado por uno de los que entró, se inicia una danza guerrera, llevando el compás con golpes de lanza y de los pies desnudos en contrapunto. Se acompaña la coreografía conla trutruca y la pfilca además de los golpes.) (Termina con el grito de LAUTARO a la usanza mapuche.)


Intermedio


SEGUNDA PARTE
Jornada Cuarta
Escena 1
Escena Musical y de Coreografía. (Cuatro mapuches laboran en los lavaderos de oro de Quilacoya, cerca de Concepción. Los vigilan dos soldados españoles armados de látigos.) Canción “Cacho” de los Jaivas: Yo quería ser uno que decía que nunca puedo ser como yo quiero porque nunca puedo ser como yo quiero, nunca puedo ser como yo quiero ¡sí! Si yo quiero, como canta un incáica, que se muere de paciencia ¡sí! Yo quiero cantar así como me dijera que se hacía en este último siglo que me pasó que quería ser como yo quise ser, antes de que llegaran ¡los españoles r…! (Durante la parte instrumental, y la parte cantada –Coro de los mapuches) la coreografía pone de relieve la brutalidad de los españoles que golpean, arrastan y descargan sus látigos sobre lso mapuches. La actidud de los españols es de prepotencia y burla. Al terminar la parte cantada se oye un lejano llamado a la rebelión con instrumento mapuche. Los cuatro -que se desplazan en la parte española, altura y escaleras metálicas- se rebelan y reducen a los guardias: los ultiman y escapan.) Apagón.


Escena 2
(Casa de VALDIVIA en Concepción. Entra el capitán DON SANCHO, herido, traído por FRAY POZO. Se oye a FRAY POZO llamar a VALDIVIA.
VOZ DE FRAY POZO-¡Don Pedro!
VALDIVIA -¿Qué hay, Fray Pozo?
FRAY POZO(Entrando con don Sancho.) Ved a vuestro capitán.
VALDIVIA -¡Don Sancho! Os hacía en los lavaderos de Quilacoya.
SANCHO -De allá vengo, señor. ¡Hubo revuelta! ¡Más de doscientos indios escaparon, señor!
FRAY POZO -¡Os advertí que andan los indios muy alzados!
SANCHO -Y hay más: dieron muerte a dos de vuestros capataces.
VALDIVIA -Carajo. No es de extrañar, don Sancho: ¡les odian por su crueldad! ¡Cien veces les he dichoq ue el trabajo no es la guerra!
SANCHO -Si me permitís, don Pedro, no lo hacen mejor vuestros encomenderos: los castigan mutilándolos. Cada día son más los indios huídos. Y lo que es peor, se llevan caballos y herramientas.
FRAY POZO -¡Es un claro signo de rebelión!
SANCHO -Es verdad, señor: la conquista del Bío Bío no está afianzada.
VALDIVIA -(Rabioso) La estuviera si aquellos necios pensaran más en civilizar que en someter con castigos. Más de una vez se ha quejado el rey en sus cartas de los excesos que en sus colonias se cometen.
SANCHO -No deseo criticaros, pero… pienso que os habéis extendido más de lo prudente al construir ciudades y conceder encomiendas. Y las excursiones que enviasteis al estrecho del sur ¡nos dejan muy desguarnecidos los fuertes!
FRAY POZO –No lo permita Dios, pero aquellos diez mil indios que laboran en vuestros lavaderos ¡pueden convertirse en diez mil alzados!
SANCHO -Sabemos que os mueve un noble propósito, don Pedro: acrecentar los dominios de la Corona…
VALDIVIA -Con franqueza, don Sancho, la Corona me preocupa menos que el mantener el buen ánimo de los valientes que llegaron conmigo a la conquista. De no concederles tierras y mercedes ¡regresarían a España por una más regalada vida! Habrá que enviar por refuerzos a Santiago. (Saliendo.) Parto a Quilacoya. (A FRAY POZO.) Ved que le curen las heridas que trae. (Música de separación.)


Escena 3
(En la ruca. GUACOLDA recibe a COLIPÍ.)
GUACOLDA -¡Colipí…!
COLIPÍ -¿No te alegras de verme?
GUACOLDA –Si mi esposo te envía ¡señal que él no vendrá!
COLIPÍ -Aciertas. (Derramando licor en tierra.) Para el ausente que de licor y de ti se ve privado.
GUACOLDA -¿Cuál es tu mensaje?
COLIPÍ -Este: que no puede hacer él lo que los demás no hacen. Los guerreros que se entrenan deben mantenerse aislados, sin tocar mujer, sin beber y ayunando.
GUACOLDA -¿Ayunando? Eso los debilitará.
COLIPÍ -Les reduce la barriga que les crece a los glotones en tiempo de paz. Adquieren talle de hormiga: anchas espaldas, cintura delgada y fuerza descomunal!… como esos diminutos bichos de la tierra. ¡Dame de comer que yo no ayuno! (Ella le sirve.)
GUACOLDA -¿Dónde estaba, qué hacía mi esposo cuando te dio el mensaje?
COLIPÍ -En el río, nadador, incanable. Calmando sus calores al no yacer contigo.
GUACOLDA -¿Eso dijo?
COLIPÍ -(Riendo.) Lo digo yo, muchacha.
GUACOLDA -¿Crees que me añora tanto como yo a él?
COLIPÍ -¿Qué puedo decirte de tu esposo que no sepas tú mejor que yo?
GUACOLDA(Pausa.) Me dijo… “más puro crece el amor con la ausencia”.
COLIPÍ -Sabias palabras. ¿Has visto cómo se pelean los esposos con sus mujeres! “¡Eh haragán, esta carne está mal cocida, rota está mi manta.!” O bien: “tres esposas tengo y las tres me descuidan”. (Ríe.) Y ellas no lo hacen mal. (Voz de mujer.) “Eh, tú, ¡la llúvia anegó la ruca y tú ahí parado…!” (La mira.) Pero, lo que deseas, es hablar de Lautaro.
GUACOLDA -¡Sólo por él vivo, Colipí! Creo que no hay en el mundo otro como él!
COLIPÍ -Aciertas. (Come.)
GUACOLDA –Merece todos los cuidados, pero jamás descansa. ¡Ni cuando está dormido entre mis brazos! ¿Por qué?
COLIPÍ -¡Y lo preguntas! ¿Sabes lo que es ordenar una jauría de perros salvajes? (Pausa.) El que muy alto se empina ¡doble trabajo tiene! Y siempre lo acecha la envidia.
GUACOLDA -¿Alguien le quiere mal? (Lo mira asustada.)
COLIPÍ -(Dejando de comer.) No he dicho eso. Cálmate. Rumores nada más. (Vuelve a comer.)
GUACOLDA -¿Qué rumores?
COLIPÍ -Para ser tan joven tiene mucho mando. Caupolicán y los toquis que le aventajan en fuerza, han de sentir envidia ¿no crees? Pero ¡si vieras la admiración con que le miran sus guerreros!
GUACOLDA -(Animándose.) ¡Cuenta!
COLIPÍ -Esos “bárbaros” (Ríe.) –como nos llaman a nosotros los bárbaros extranjeros-, se le someten como por encanto. Hay tanto fuego en sus ojos que ni yo me atrevo a decirle como antes “eh, muchacho”.
GUACOLDA -(Embelesada.) ¿Cómo le dices?
COLIPÍ -(Con gestos teatrales, reverencias.) ¡Mande nuestro Apo!
GUACOLDA -¡Gracias, Colipí, por tus palabras! (Lo abraza.)
COLIPÍ -Y ahora te voy a contar una de las tretas de nuestro Apo, en el fuerte de Tucapel. Lautaro envió allí un destacamento al mando de Alcatipay. El fuerte está en lo alto y rodeado de barrancos, bien protegido. Así es que fingieron ser auxiliares, que llevaban fardos de paja para los caballos. Y en los fardos ocultaron las armas. A la hora de la siesta, esto es, cuando luego de comer al mediodía los españoles se echan a dormir, el cacique Alcatipay dio un gran bostezo. ¡Lo que mis ojos vieron!
GUACOLDA -¿Cómo? ¿Entraste con ellos?
COLIPÍ -¿Yo, guerrero…? Pierdes la razón.
GUACOLDA –Dijiste: “lo que mis ojos vieron”
COLIPÍ -(Ríe.) Cuando me lo contaron. ¿En qué iba?
GUACOLDA –Alcatipay bostezó.
COLIPÍ -¡Era la señal! Se lanzaron sobre los españoles medio dormidos sin darles tiempo para tomar sus arcabuces. Uno alzó la espada (Imita su acento.) ¡osh deshafío a treinta, uno por uno” Y ese fanfarrón alcanzó a matar a cinco antes que Alcatipay lo enviara de un mazazo ¡a desafiar a los pillanes del cielo, “uno por uno…”! (Ríe.)
GUACOLDA –La guerra parece divertirte, Colipí.
COLIPÍ -No participo de su salvajismo. Pero ¡soy buen espectador! Y bien, en medio de la batahola, resuenan afuera las trutrucas. No lo vas a creer ¡se retiraron los nuestros en perfecto orden! Sin haber vencido, sin ser derrotados.
GUACOLDA -¿Sin saquear? ¿Sin destruir el fuerte?
COLIPÍ -Es lo que tu esposo llama “táctica guerrera”. No preguntes lo que es, porque sólo él y los demonios lo saben.
GUACOLDA –Y tú.
COLIPÍ -(Ríe.) Y yo. (Confidencial.) Quiere que la noticia del ataque a Tucapel llegue a oídos de Valdivia. Para atraerlo al fuerte donde quiere librar la gran batalla.
GUACOLDA -¿Y llegará la noticia hasta Valdivia?
COLIPÍ -En boca del mensajero Juan Prados ¡el español más mentiroso que ha nacido!
GUACOLDA -¿Lo conoces?
COLIPÍ -Es casi mi pariente: se prendó de mi hermana y llegó a la ruca vestido de mapuche. Le dijo: “soy mensajero como tu hermano Colipí, así es que ¡cásate conmigo!” Y antes que ella pudiera abrir la boca le hizo un crío. ¿Quieres conocerlo? Ven conmigo. Es un niño más hermoso que ella y más hermoso que él… (La arrastra fuera.) Apagón lento. Música breve de separación.


Escena 4
(VALDIVIA entra, hablando con JUAN PRADOS, el mensajero español.)
VALDIVIA(Molesto.) No puede ser, Juan Prados. Cuántos dices que eran los nuestros y cuántos dices que eran los nuestors y cuántos los que atacaron el fuerte?
PRADOS -Diez los nuestros y unos veinte mil los bárbaros.
VALDIVIA -(Seco.) Di la verdad.
PRADOS -Pues, veinte los nuestros, Su Señoría y… diez mil los atacantes. Pero sólo una parte de ellos entró al fuerte. Los demás aguardaron ocultos en los bosques de los barrancos. Se batieron con tal fieeza que por poco no queda nadie con vida. Con deciros que el capitán Gonzalo desafió a cien de dos en dos, y los liquidó a todos antes de ir él mismo a reunírseles… o lo que de él dejaron esos salvajes ¡Dios lo reciba en su gloria! Entonces, Escalona, con los treinta que quedaban, huyó hacia el fuerte de Purén, donde llegaron ilesos.
VALDIVIA -¡Maldita sea, Juan Prados! Había veinte, muere el capitán Gonzalo y salen treinta ¡más Escalona!
PRADOS -La verdad, Vuestra Señoría ¡nunca fui muy bueno conlos números!
VALDIVIA –Y dices que nadie murió enla huida ¡a pesar de esos miles de bárbaros que aguardaban fuera!
PRADOS -Sólo una negra que merodeaba cerca del fuerte con sus hijos y que nada tenía que ver en ello. ¡Que caiga aquí fulminado si os miento! Por mis ojos lo vi.
VALDIVIA -¿Por tus ojos, Juan Prados?
PRADOS -Como si tal, lo vio uno de los huidos de Tucapel que lo contó a uno de Purén que me lo narró a mí como lo habéis oído.
VALDIVIA –De modo que veinte mil indios y sólo muere el capitán Gonzalo.
PRADOS -Y unos mil y tantos yanaconas que quedaron ahí tendidos. Esto cuando los indios entraron a destruir el fuerte.
VALDIVIA -(Con enojo.) ¡Basta! No envié a Tucapel más de doscientos indios auxiliares.
PRADOS -En tal caso, tampoco aquel que me narró esto ha de ser ágil con los números, Vuestra Señoría.
VALDIVIA -¡No sigas! Ni media palabra te creo. Hasta dudo de la destrucción del fuerte.
PRADOS -Lo habéis de creer, señor, que lo dice el mensaje escrito que os envían de Purén. (Mientras sigue hablando se busca desesperadamente entre las ropas.) ¡Maldición!… perdonad. Lo tenía. Debí extraviarlo. Lo perdí en el camino cuando llegué aquí reventando el caballo. Pero recuerdo muy bien el sendero. ¡Si permitís, regreso en el acto a buscarlo! (Sale rápido.)
VALDIVIA -(Llamando.) ¡Guardias! ¡Prende a ése! ¡Y que le envíen a criar cerdos… que se lleve sus malditos mensajes a los mismísimos infiernos! (Calla al ver que entra DOÑA SOL por un extremo, el rostro cubierto con un velo.) (Luego de una pausa, por su desconcierto, se le acerca.) ¿Vos aquí, señora? (Besa su mano.) Mil perdones: un imbécil me sacó de quicio… (Sube su velo.) Pero, también vos parecéis alterada.
DOÑA SOL -(Ocultando sus lágrimas.) Excusadme. Tuve una horrible pesadilla. Me pareció de muy mal augurio. Y al veros sano y salvo, pues… ¡lloro de contento!
VALDIVIA(La abraza con ternura. Pausa.) Vamos, todo se remedia, menos la muerte. Y estamos ambos con vida.
DOÑA SOL -Vos… ¡pero yo no! ¡que muero cada día por la vuestra, tan vendida!
VALDIVIA –Guardad esas preciosas lágrimas para mejor mérito, y decid qué os trajo a Quilacoya además de vuestro mal dormir.
DOÑA SOL -Vine por veros, mi señor. Acompañé al caballero Antonio Díaz. Llegó a Concepción con nuvas de Purén. (Sube la voz, llamando.) ¡Podéis entrar! (Entra ANTONIO DÍAZ.)
VALDIVIA -¡Bienvenido! Habla sin tardanza ¿es verdad que han destruido el fuerte de Tucapel?
A. DÍAZ -Así es, por desgracia. Pero antes dejaron salir a los que allí estaban. Pudieron refugiarse en el fuerte de Purén, el que también fue luego atacado..
VALDIVIA -(Corta.) ¿Destruido…?
A. DÍAZ -No, señor. Mas la forma en que atacaron los indios nos causó estupor. Juan Corona estaba al mando en Purén, y lo dio a Juan Gómez de Almagro, por más experimentado y tan vuestro amigo.
VALDIVIA –A Juan Gómez no le ocurrió desgracia ¡espero!
A. DÍAZ -De milagro salió con vida. Los indios formaban escuadrones con tal disciplina que parecían tudescos en su modo de pelear. Desplegaron filas de piqueros, y avanzaron, arma en ristre, protegidos por altos tablones. Juan Gómez cargó tres veces sin lograr romper sus filas. Surgió entonces un escuadrón de maceros y derribaron las cabalgaduras. El capitán Gómez, en tierra, por poco muere de no rodearlo sus indios auxiliares. Ordenó retirada, pero volvió a combatir por la tarde hasta la noche cerrada. De pronto, a un toque de cuerno ¡se esfumaron esos bárbaros sin que el capitán Gómez pudiera perseguirles!
DOÑA SOL -¿Comprendéis ahora mi inquietud, señor?
VALDIVIA –No hubo derrota en Purén.
DOÑA SOL -¿Estáis ciego? ¿No os demuestra ese modo de pelear que un nuevo capitán los guía?
VALDIVIA –No sé qué queréis decir.
DOÑA SOL -¡Cuántas veces no describisteis al indio Alonso las batallas de Flandes y de Pavía! Decid ¿quién otro pudo enseñarles esa disciplina, quién les mostró cómo formar escuadrones? ¿Quién otro… sino vos?
VALDIVIA –Calmaos. (Molesto por lo que ella dice.) Los indios tienen gran instinto guerrero. Señor Díaz, id por el escribano. Enviaré con vos una carta al capitán Gómez de Almagro, para que me reúna con su gente en Tucapel. Debemos reconstruir cuanto antes el fuerte. (Sale DÍAZ, inclinándose.) (Un silencio.) Doña Sol, regresad a Concepción. (La besa.) Deseo veros aqeulla sonrisa por la que tenéis tan bien puesto el nombre.
DOÑA SOL -(Afligida.) ¡Cuidad de vuestra vida, mi señor! ¡Os vi en aquel sueño entre los indios, solo, sin celada ni armadura…!
VALDIVIA(Sonríe.) Dios dirá cuándo me ha de venir la muerte, señora. Entonces, solo o entre muchos ¡igual me ha de doler o igual no la he de sentir!
DOÑA SOL -¡Llevadme con voz!
VALDIVIA -¿Al fuerte de Tucapel! (La mira con extrañeza.)
DOÑA SOL -Se acerca la noche de Nvidad, señor, y ¡es noche tan dulce! Estaréis rodeado de gente ruda. ¿No os seguía en campaña vuestra doña Inés de Suárez?
VALDIVIA –Estaba hecha a la vida del soldado. Vos, no. (Le sonríe.) Id en paz. (Besa con ternura sus manos.)
DOÑA SOL -(Mientras él se aleja.) Dios os guarde… (Para sí.) Nunca os amé tanto y nunca sentí tal opresión, aquí en el pecho. (Baja la luz hasta el negro.) (Breve música de separación.)


Escena 5
(LAUTARO, de pie, afirmado contra la ruca parece ausente. Sale de la ruca GUACOLDA.)
GUACOLDA -¿Tendrás que ausentarte cuando llegue Malloqueo? (Él asiente.) ¿No descansarás nunca?
LAUTARO -No antes que libre la gran batalla.
GUACOLDA -¿Por qué “la gran” batalla?
LAUTARO -(Taciturno.) En ella caerá Valdivia. (Pausa.) Caerá un guerrero sin rostro, cubierto de metal.. el que guía a los que vinieron a doblegarnos.
GUACOLDA -¿No flaqueará tu brazo?
LAUTARO -(Alterado.) Dije: “caerá”. No dije otra cosa. (Pausa.) Siendo el Apo, no ha de quedar ninguno con vida para que él muera. De otro modo lo protegerían los suyos.
GUACOLDA -Entonces ¡también al Apo Lautaro lo cuidarán los suyos! (Se le abraza.) Dime que no morirás en esta guerra.
LAUTARO -No sé, mujer. Vivo muy empujado y siempre con prisa. Como si no fuera muy largo el camino.
GUACOLDA -¡Calla… me asustas!
LAUTARO -(Le sonríe.) No moriré antes que caiga Valdivia.
GUACOLDA -(Con alegría infantil.) Valdivia ¡larga vida te deseo!
LAUTARO -Tan pronto llora, tan pronto ríe. Voz de pájaro, ojos de ardilla, corazón de puma… (Con dulzura.) Contigo, madrecita, hasta la guerra se olvida.
GUACOLDA -(Luego de un silencio.) ¡Viene tu mensajero! (Se aparta.) (Ha surgido arriba MALLOQUEO. Se deja caer de un salto.)
MALLOQUEO –Te saludo, Apo Lautaro.
LAUTARO -Bienvenido, Malloqueo, hermano. ¿Qué nuevas traes de Purén?
MALLOQUEO –Llegó carta de Valdivia para el capitán Gómez y él la leyó en voz alta a sus soldados: le pide que se le reúna en el fuerte de Tucapel el día veinticinco de diciembre. Esto es dentro de diez días.
LAUTARO -Marchan bien las cosas, Malloqueo. Pero ¡hay que impedir que ese capitán Gómez de aleje de Purén! Quiero a Valdivia solo con sus hombres en Tucapel.
MALLOQUEO –Ya está haciendo los preparativos para el viaje.
LAUTARO -(Con intención.) Eres muy hábil, Malloqueo… ¡muy hábil!
MALLOQUEO -(Luego de un silencio.) Creo que tengo al hombre: Necul. Con signos de entendimiento entre ambos.) Sabe fingir. Y soporta el dolor como ninguno. Se dejará prender merodeando el fuerte de Purén y confesará lo que sea necesario para retenerlo.
LAUTARO -¡Bien, Malloqueo! Ve por él. Y no quiero perder al astuto Necul. (MALLOQUEO salta ágil para salir por arriba.) ¡Ni a ti! (Se despiden con una seña amistosa.) (Sale MALLOQUEO) (Un silencio) (Para sí) No falta mucho para ese día veinticinco de diciembre. Para tu muerte, Valdivia. (Pausa.) Es el día en que ellos celebran el nacimiento de su dios. (Con tristeza.) Cualquier día es bueno para nacer… o para morir.
GUACOLDA -¡Morir! Esa palabra siempre está entre nosotros.
LAUTARO -(Yendo hacia ella y juntando sus manos en forma ritual) Madrecita: te hago una promesa ¡la de vivir mientras TÚ vivas! (Apagón.)


Escena 6
(El CAPITÁN GÓMEZ presencia la tortura de NECUL, al que retienen dos soldados españoles mientras le golpean.)
ESPAÑOL 1 -¿Por qué no respondes? ¿Acaso no comprendes nuestra lengua?
ESPAÑOL 2 -La habla, el cabrón: es Necul, espía mapuche.
ESPAÑOL 1 -(Golpeándolo.) Responde hij’una ¿qué hacías merodeando el fuerte?
NECUL -No voy a hablar. No soy traidor.
ESPAÑOL 2 -¡Hacedle hablar! (Mientras NECUL se debate, lo cuelgan de los fierros por las piernas flectadas y rasguñan sus carnes con un instrumento de tortura. Él grita exageradamente.)
ESPAÑOL 1 -Habla, cerdo. ¿O quieres que te arranquen la piel?
NECUL -(Entre quejidos.) Si no hablo ¡me matan! Si hablo ¡igual me matan!
C. GÓMEZ -(Deteniendo la tortura con el gesto.) Alto. Si dices la verdad quedas libre. Tienes mi palabra de caballero.
NECUL -(Debatiéndose cuando ellos continúan torturándolo.) ¡Déjame perro! Voy a hablar. (Lo sacan de los fierros y lo retienen en tierra por los cabellos.) El cacique Alcatipay acecha en el bosque. Caerá con diez mil guerreros sobre Purén…
ESPAÑOL 2 -¿Cuándo? ¿Cuándo? (Golpeándolo.) ¡Responde!
NECUL -¡Cuando la luna esté llena!
C. GÓMEZ -Dad el toque de alerta. Reunida a la gente. ¡Pronto! No habrá viaje a Tucapel. Preparad la defensa del fuerte. (Mientras dice ha salido, le siguen los dos soldados. NECUL en tierra hace un gesto de dolor y a la vez de victoria.) (Apagón.)


Escena 7
(Entran ahora en sector mapuche soldados españoles, VALDIVIA y FRAY POZO. Se abren paso con dificultad entre las cañas que simbolizan la espesura. Los soldados se quedan en un extremo vigilando.)
VALDIVIA -Descansaremos aquí. Quiero a mis hombres frescos al llegar a Tucapel. Huelo en el aire el peligro.
FRAY POZO -¿Qué teméis?
VALDIVIA -El cacique Painaguala que se dijo tan mi aliado cogió otra ruta con sus 500 yanaconas. Quizás no le volvamos a ver.
FRAY POZO -O le hallemos en el campo enemigo.
VALDIVIA -Pero el capitán Gómez no faltará a la cita.
FRAY POZO -De un cristiano la palabra vale. Pero de estos indios no me fío. No distinguen el bien del mal, pues a brujos y demonios adoran. No debisteis confiar en Lautaro.
VALDIVIA -(Cortante.) No se hable de él.
FRAY POZO -(Luego de una pausa.) Mal os veo, don Pedro.
VALDIVIA -Tal parece que me interno en mi propia muerte.
FRAY POZO -¡Callad, por Dios! ¿Lo decís por aquel mal sueño de una dama que hace poco me contabais?
VALDIVIA -(Niega con la cabeza.) Estas bellísimas tierras que tanto he amado se me tornan de pronto muy hostiles. ¡Habrá tormenta! ¡Los cielos oscurecen en pleno verano!
FRAY POZO -Don Pedro ¡los cielos están claros! Orad conmigo que Dios os devuelva la fe y la confianza. (Se arrodilla, tiene su cruz en alto.) (VALDIVIA rodilla en tierra ora junto a él, inician un pater noster que se pierde, mientras baja la luz.)


Escena 8
(Arriba de la ruca, LAUTARO, MALLOQUEO, NECUL y COLIPÍ, agazapados se destacan en un haz de luz. Los españoles siguen quietos abajo.)
LAUTARO -Tú, Malloqueo, te reservas para el final: les cortarás la retirada cuando intenten huir.
MALLOQUEO -¿Cómo debo hacerlo?
LAUTARO -Cerrando el sendero con troncos y desviándolos hacia los pantanos. Tú, Necul, caerás sobre los bagajes, los que dejan ellos en su retaguardia para distraer a nuestros guerreros cuando se ven perdidos. Hazlos rodar por los barrancos en cuanto se inicie la batalla.
COLIPÍ -¿Hay algo para Colipí en este encuentro?
LAUTARO -Te quedarás junto al arroyo, para atender a los que bajen heridos.
COLIPÍ -(Comicamente.) ¡Me mandas con las mujeres!
LAUTARO -(Ríe.) Sin tomar un arma vales como ninguno. Por eso no quiero arriesgar tu valioso pellejo, hermano. Y ahora ¡todo ha de ser silencio! (Mientras baja la luz arriba se les ve salir atrás o descolgándose para ocultarse.)


Escena 9
(Luz sobre el grupo de VALDIVIA. Entra corriendo AGUSTINILLO, indio de servicio de Valdivia.)
AGUSTINILLO -¡Hallamos el brazo del segundo Bobadilla entre las ramas de un árbol, señor. (A VALDIVIA.) ¡El que enviaste por delante!
FRAY POZO -Necio ¿cómo reconocer al hombre por un brazo?
AGUSTINILLO –Aún tenía la manga y un trozo del jubón. (Lo enseña.)
VALDIVIA -Es el suyo. (FRAY POZO se santigua atemorizado.)
FRAY POZO -Una emboscada. Dios… ¿Detendrás la marcha?
VALDIVIA -(A DÍAZ DE ALTAMIRANO que esá al fondo.) ¿Qué decís vos, capitán Díaz de Altamirano?
DÍAZ DE A. -Llevando Vuestra Señoría sesenta soldados tan bizarros ¿de qué recela?
FRAY POZO -(A VALDIVIA bajando la voz.) Se echa de ver que éste es un recién llegado ¡ignora el peligro de estas comarcas!
AGUSTINILLO -(A VALDIVIA.) Señor ¡detente! No sigas… ¡recuerda la noche de Andalién! Lo del capitán Bobadilla es mala señal.
VALDIVIA -Calla, Agustinillo. ¿No confías en mis capitanes?
AGUSTINILLO –Desconfío de los mapuches, señor. ¡Lautaro está con ellos!
VALDIVIA -(Sombrío.) Empinada es la cuesta. (Empieza a subir.) ¿Cómo llaman a esta sierra, Agustinillo?
AGUSTINILLO –De Nahuelbuta, señor. En tu lengua: sierra del tigre. Y en lo alto ¡un tigre aguarda! ¡Quiere tu vida, señor!
VALDIVIA -(Amargo.) ¡Que venga por ella! Adelante. ¡Adelante mis valientes, en marcha! ¡Por Santiago, patrón de España! (Van saliendo con música incidental; mientras la luz se concentra abajo, junto con entrar, las relatoras) para la batalla de Tucapel.)


Escena 10
(La batalla de Tucapel es narrada por una ESPAÑOLA y una MAPUCHE. Están de pie, mirando al frente como si vieran lo que ocurre. Música incidental de fondo, se intercalan breves escenas y frasees desde fuera.)
ESPAÑOLA -Al llegar Valdivia al fuerte de Tucapel vacía ve la esplanada! No hay señales del capitán Gómez.
MAPUCHE -Ocultos en las barrancas aguardan los escuadrones de Lautaro.
ESPAÑOLA -De pronto, a un toque de cuerno ¡surgen los bárbaros en cerrados escuadrones!
MAPUCHE -¡Son los piqueros del cacique Mareande!
ESPAÑOLA -Dispone Valdivia sus hombres en tres cuadrillas.
MAPUCHE -Atacan Rengo y Talcahuano…
ESPAÑOLA -Encabezando la primera cuadrilla, avanza Juan Gudiel haciendo remolinos con su pesada lanza…
MAPUCHE -Un cacique le hunde su cuchilla en el costado.
ESPAÑOLA -¡Ay, Juan Gudiel… Dios te ampare! ¡Por un costado te entra la muerte, por el otr se te escapa la vida!
MAPUCHE -Toque mapuche de retirada: se descuelgan veloces por los barrancos.
ESPAÑOLA -Valdivia ordena el descanso. (Pausa.) Pero ¡no hay tregua! Brotan nuevos escuadrones, frescos y bien formados. Ataca nuestra segunda cuadrilla…
MAPUCHE -¡Avanzan os maceros volteando caballos!
ESPAÑOLA -Tres jinetes derribados. ¡Dios se apiade de sus almas, que no llegan con vida al suelo! Diezmados se ven los nuestros.
MAPUCHE -Surge Painaguala con los que huyeron de las filas de Valdivia.
ESPAÑOL -(Voz.) ¡Traidor!
ESPAÑOLA -… le grita Diego de Oro y lo atraviesa con su lanza.
MAPUCHE -Acude a vengarlo, furioso, Caupolicán.
ESPAÑOLA -¡Adios, Diego de Oro, valiente! Aquí se acaba tu gloria: un gigante le vació los sesos dentro de la celada.
MAPUCHE -Un escuadrón mapuche se retira ¡otro toma su lugar!
ESPAÑOLA -¡No hay respiro para los nuestros! ¡Montados llegan ahora los bárbaros araucanos!
MAPUCHE -Se le desbandan a Valdivia sus yanaconas…
ESPAÑOLA -Jinetes indios desnudos y veloces tacan con alaridos. Empujan a los nuestros por las quebradas. Se oyen tumbos y relinchos entre los gritos lastimeros. Valdivia ordena dejar libres los bagajes para distraer a los indios.
MAPUCHE -¡No encuentran sus bagajes! Nuevos escuadrones salen del barranco ¡perdidos se ven los españoles!
VOZ DE VALDIVIA –“¡Qué hacemos, capitán Díaz de Altamirano!”
ESPAÑOLA -… grita Valdivia.
VOZ DE D. DE ALTAMIRANO -“¡Qué quiere Su Señoría que hagamos, sino que peleemos y muramos!”
ESPAÑOLA -… responde el bravo Altamirano.
VOZ DE VALDIVIA –“¡Santiago os proteja que a muerte es la contienda!”
ESPAÑOLA -… exclama Valdivia y se lanza al combate encabezando la última cuadrilla.
MAPUCHE -¡Ongolmo alza su pica contra el toqui extranjero!
ESPAÑOLA -¡La ataja Valdivia con su rodela! Acá, Juan Lamas se bate cuerpo a cuerpo con los piqueros, allá Villarroel se abre paso, matando a diestra y siniestra en su blanco corcel…
MAPUCHE -Lepomande le degüella de un solo tajo ¡muerto avanza y montado!
ESPAÑOLA -¡Ay, capitanes, caballeros de tanta guerra salvados! Cuerpos a medio morir, ojos vidriosos, al caballo aferrados. ¡Son muchas horas de cruenta batalla, muchas las heridas, grande la fatiga! Unos a otros en su lengua se increpan… y de pronto…
MAPUCHE -¡Un silencio! (Luz especial en la parte alta, cambio de ambientación, sonido y música, iluminado Valdivia que estaba en la escala, izquierda, y surge LAUTARO con su lanza y atuendos guerreros en la parte alta opuesta.)
ESPAÑOLA -Un jinete indio surge en lo alto, sobre el fuerte en ruinas. ¡Es Lautaro, el caballerizo de Valdivia!
MAPUCHE -¡Lautaro ha visto al toqui Valdivia!
ESPAÑOLA -Valdivia ha visto a Lautaro: su brazo, espada en alto, se detiene ¡fijos quedan ambos como dos estampas!
MAPUCHE -En el lenguaje del silencio todo se han dicho.
ESPAÑOLA -“Mucho te quise…”
MAPUCHE -“Mucho te admiraba”.
ESPAÑOLA -“Mucho te di…”
MAPUCHE -“Mucho te debo…”
MAPUCHE y ESPAÑOLA -(En coro.) ¡Maldita guerra que, como un abismo, separa!” (Supone unos peldaños AGUSTINILLO hacia VALDIVIA que sigue inmóvil, mientras desaparece LAUTARO, descolgándose y colocándose luego en primer plano, al centro del escenario, rígido con su lanza.)
AGUSTINILLO -¡Ausente tiene la mirada! ¡En guardia, mi señor, que sembrada de muerto está la explanada!
VALDIVIA -(Grita.) ¡Poneos a salvo! ¡Y cuidad de vuestras vidas que ya todo es perdido! (Entra FRAY POZO y los tres suben a la plataforma alta. FRAY POZO lleva su cruz, AGUSTINILLO el casco de VALDIVIA.)
ESPAÑOLA -¡Los bárbaros cerraron el camino! Desviaron a los huidos hacia las ciénagas. Quedaron allí clavados consus maldiciones y desafíos. ¡Cada quien vendió cara su vida, no hubo ruegos ni perdones! Todo es muerte y vocerío. Valdivia cayó en la trampa, con Fray Pozo y Agustinillo.
VALDIVIA -Tomad mi confesión, Fray Pozo: llegado es mi fin.
FRAY POZO -Os absuelvo de pecados y Dios me absuelva los míos que no hay salida. ¡Ved a esos bárbaros con el mazo en alto!
VALDIVIA -(Voz queda.) He visto a Lautaro.
FRAY POZO -Os traicionó el infame. Para iros de este mundo sin mácula ¡decid en voz alta vuestro perdón!
VALDIVIA -(Sereno.) ¿Por qué perdón si no hubo falta! El cumple, como cumplí yo en esta contienda. Traidor fuera si en mis filas estuviese. (Alza la voz.) ¡Buen discípulo fuiste, Lautaro… larga vida de deseo! (Los dos maceros van bajando el mazo por turno en parte delantera mientras dicen)
MACEROS -Entra en tu muerte, entra en tu muerte ¡entra en tu muerte huinca maldito! (Arriba, VALDIVIA acusa el golpe y cae, ha caído FRAY POZO, baja la luz en el sector alto; se retiran los maceros, y los de arriba.)


Escena 11
(COLIPÍ que ha aparecido antes junto a la ruca se acerca a LAUTARO.)
COLIPÍ -(Solemne, a espaldas de LAUTARO que sigue inmóvil en primer plano, apoyado en su lanza.) Muerto está Valdivia.
LAUTARO -Más vale así. (Dolido.) No le quería prisionero. ¿Quién ordenó su muerte?
COLIPÍ -Nadie. Mientras dos se preguntaban si era el Apo extranjero, otro descargó sobre él su mazo.
LAUTARO -Para tu muerte, Valdivia, cuánta sangre derramada. ¿Murió, entonces, sin sentirlo?
COLIPÍ -Mal herido como estaba no resistió el golpe. Dicen que antes de caer, oyeron tu nombre en sus labios.
LAUTARO -¿Qué palabras dijo?
COLIPÍ -En su lengua habló.
LAUTARO -(Alterado.) ¿Con rencor… con desafío… con odio me nombró?
COLIPÍ -Dicen que más bien…
LAUTARO -(Corta.) Quiero la verdad, Colipí.
COLIPÍ -Como si, de pronto, de ti se acordara. (Pausa.) ¿Se encontraron tú y él en la batalla?
LAUTARO -En la distancia. Una larga mirada nos dimos.
COLIPÍ -¿Qué viste en sus ojos?
LAUTARO -Lo que él vio en los míos. (Se escucha en lejanía sonido de instrumentos mapuches y voces.)
COLIPÍ -¡Lautaro, los tuyos te reclaman! ¡Quieren celebrar una victoria que sólo a ti te deben! (Él permanece quieto.) ¿No vienes?
LAUTARO -(Sombrío.) Ve tú, Colipí.
COLIPÍ -¿Qué puedo decirles para justificar tu ausencia?
LAUTARO -Que estoy de duelo. (Sale COLIPÍ) (Alza al cielo sus ojos con lágrimas y exclama) ¡Cacique Curiñancu! ¡Cuida que en las alturas, buen trato reciba el Apo Valdivia! (Apagón.) (Música de separación)
(Epílogo: “Ocaso del Caudillo”)
(LAUTARO sigue al centro, parte delantera, inmóvil, mientras la luz destaca en las gradas de la eescalera a los tres actores del coro, una mujer y dos hombres, con atuendos mapuches. En esta parte de la obra, se intercalan, sin interrupción, recitados del coro con breves escenas actuadas, pasos de soldados, movimientos que simbolizan las acciones guerreras. Música instrumental de los Jaivas como acompañamiento, como fondo o intercalando a las voces en recitativos y escenas actuadas.)
RELATOR 1 -Tres años pasarían apenas antes que Lautaro entrara en su muerte.
RELATOR 2 -Tres años largos, duros, cruentos, que marcarían el ocaso de su suerte.
RELATOR 3 -Embriagadas de victoria, las huestes de Lautaro persiguieron a los vencidos. Arrasaron minas y encomiendas, los fuertes son destruídos.
RELATOR 2 -¡Huyeron hacia el norte los invasores!
CORO -¡Libres quedaron las tierras y las gentes en el Bío Bío.
RELATOR 2 -Pero la victoria fue un relámpago.
RELATOR 3 -Un reguero de luz.
CORO -¡Que sumergió en sombras los fértiles campos de la Araucanía!
RELATOR 1 -Temible es la gloria que en odio y muerte se asienta.
RELATOR 2 -Temible es la guerra que el hombre al hombre enfrenta.
CORO -¡Hambre y miseria dejaron los extranjeros en el Bío Bío!
RELATOR 2 -Asolaron tierras.
RELATOR 1 -Quemaron.
RELATOR 3 -Degollaron.
RELATOR 1 -Robaron maíces y sementeras.
CORO -¡Desnuda les nacía la austral primavera de la Araucanía!
RELATOR 1 -Herencia de muerte extranjera los huidos.
RELATOR 3 -Contagiaron sus males del cuerpo a los indefensos guerreros, con sus corazas de lobo marino.
LAUTARO -¡Ay mis huestes vencedoras, por la peste diezmadas! ¡Por el hambre y el desgano vencidad, muriendo sin batallas en mi tierra amada de Araucanía! (Han entrado COLIPÍ y GUACOLDA que trae un cántaro y se inclina sobre la tierra)
GUACOLDA -Aquí yace el padrecito. (Derrama licor en la tierra. A LAUTARO.) ¡Ábrele tu corazón!
LAUTARO -(Rabioso arroja su lanza.) ¡Seiscientos guerreros me quedan de los cuarenta mil que tenía! Por centenas van cayendo. Y los que siguen con vida ¡huestes de fantasmas parecen!
COLIPÍ -¡Hasta los pájaros han huído!
GUACOLDA -Mira a tu hijo, Curiñancu: su alma está confundida. ¡Dígnate hablarle en el lenguaje de los muertos!
LAUTARO -Déjalo en paz: ya cumplió su parte. Dime, Colipí, ¿por qué se niegan los ancianos a celebrar Consejo?
COLIPÍ -(Vacilando.) Andan muy mal las cosas.
LAUTARO -(Hosco.) ¡Han perdido la fe en su guía!
COLIPÍ -No es eso. Creen que es locura reanudar la guerra. Más aún, cruzar el Bío Bío. Dicen… que la ambición te ciega.
LAUTARO -Ellos están ciegos. ¡Pierden el valor cuando más se necesita! Si saben los extranjeros de nuestros males, más pronto caerán sobre nosotros.
GUACOLDA -No hables así: ya no está con ellos Valdivia.
LAUTARO -La codicia de los invasores no murió con Valdivia. Villagra con igual porfía tomó su puesto. No debemos cejar en la lucha.
COLIPÍ -¿Cómo luchar contra la peste y contra aquella muerte desconocida que ellos nos dejaron? Eso, no te lo enseñaron los huincas, por desgracia.
LAUTARO -(Después de un silencio.) ¡Caeré sobre Santiago!
COLIPÍ -¿Con seiscientos guerreros hambreados?
LAUTARO -Les hablaré a los picunches y se me unirán por el camino.
COLIPÍ -Llevan demasiado tiempo sometidos: se negarán al combate.
LAUTARO -Les hablaré. Que entiendan lo que está en juego: volver a ser dueños de sus tierras y ¡volver a ser libres! ¿No les demostramos ya que los extranjeros NO son invensible?
COLIPÍ -Tú mismo lo dijiste: los mapuches se alzaron en armas para defender su tierra. Al cruzar el Bío Bío perderán fuerza en la lucha.
LAUTARO -¿Acaso estamos seguros en la Araucanía mientras los extranjeros tienen sometidas las tierras que nos rodean?
GUACOLDA -¡No vayas al norte Lautaro! ¡Del norte nos vino siempre todo mal! Deja que el tiempo te aconseje.
LAUTARO -El tiempo nos está derrotando más a prisa que sus huestes. Hablas como mis toquis, mujer.
COLIPÍ -Sólo habla de prudencia.
LAUTARO -La prudencia es hermana de la cobardía. ¿También tú estás contra mí?
COLIPÍ -Si tienes algo seguro ¡es mi lealtad! La desesperación es mala consejera…
LAUTARO -Ya está resuelto, Colipí, Cruzaré el Bío Bío.
GUACOLDA -Morirás en el intento…
LAUTARO -Es la acción guerrera lo que importa. Y si para que la acción guerrera dé sus frutos es preciso sacrificar la vida del guerrero… iré, pues, a mi muerte.
GUACOLDA -¿Tan joven deseas morir? ¡Haz alto, Colipí!
COLIPÍ -¿Qué puedo hacer… sino seguirle? (Va saliendo de escena LAUTARO, seguido de COLIPÍ.)
GUACOLDA -Iré entonces a morir contigo. (Sale tras ellos.) (Luz sobre los del coro que siguen en la escalera y plataforma.) (Música incidental subraya sus frases.)
RELATOR 1 -Desde el Bío Bío parte Lautaro con sus seiscientos guiando una manada de pumas hambrientos.
RELATOR 3 -Fustigando entra en minas y encomiendas.
RELATOR 2 -Saquea.
RELATOR 3 -Insulta.
RELATOR 2 -Obliga.
RELATOR 3 -¡En Santiago cundió la alarma!
UN CAPITÁN ESPAÑOL(Pasando de un extremo a otro corriendo.) ¡El que destruyó Concepción está a las puertas!
RELATOR 1 -Partieron al punto los mejores.
RELATOR 3 -Los tres Villagra y Godínez.
RELATOR 2 -Diego Cano y Alonso de Miranda.
RELATOR 1 -Entre ellos Juan Morán el que con sus manos se arrancó el ojo herido que para seguir luchando ¡le incomodaba!
EL ESPAÑOL-¡Españoles ¡limpiad vuestras lanzas quitad el moho de vuestras armaduras!
RELATOR 1 -¡Arcabuceros y cabalgaduras se internan en el frío de junio! (Separación breve musical.)
CORO -(Los tres desplázandose ahora hacia costado bajo derecho del escenario.) Como leones se enfrentan toquis y capitanes. No logran vencer, no se declaran vencidos. A seis horas de combate el cielo se desploma en lluvia, ríos corren a aua entre los ríos de sangre.
RELATOR 1 -A una orden de Lautaro los guerreros pies desnudos huyen hacia los tramposos pajonales.
RELATOR 2 -Y tras ellos, esperanzada de victoria galopa la caballería española.
CORO -¡Pronto el lodo da cuenta de los pesados jinetes!
RELATOR 1 -Inmóviles como estatuas caídas quedan los caballeros, emplumados de flechas, fijos con su gloria, los fieros conquistadores. (Separación musical.)
CORO -Termina una batalla, otra está por empezar. En las cercanías de Santiago, tres ejércitos bravos sin verse se persiguen. ¡dos acechan a Lautaro!.
RELATOR 1 -Lautaro se pierde en la espesura…
CORO -Reducidas están sus huestes pero grande es su bravura. (Un soldado español captura a un picunche y lo lleva ante GODINEZ.)
PICUNCHE -¡Suéltame! Quiero hablarle al capitán Godínez.
GODINEZ -Ante él estás. ¿Qué quieres?
PICUNCHE -Lautaro castiga al que se niega a combatir en sus filas. Los picunches queremos paz.
GODINEZ -¿De dónde vienes?
PICUNCHE -De Mataquito. Ahí tiene su guarida.
GODINEZ -¿Por qué habrías de decir dónde hallarle sin que te fuercen?
PICUNCHE -Muerto Lautaro, cesará esta guerra.
GODINEZ -¿Cuál es tu precio?
PICUNCHE -No hay precio: lo hago por el bien de los míos.
GODINEZ -¡Conozco las tretas de Lautaro! ¡Mátale!
PICUNCHE -Aguarda: te puedo decir dónde encontrarlo descuidado.
GODINEZ -Irás enseñando el camino. Pero si mientes ¡querrás no haber nacido! (Música de separación. Salen GODÍNEZ, soldado y PICUNCHE.)
CORO -(Sobre la música.) Y la traición, gusano hambriento, se arrastraba, babeando, señalando el camino, buscando al Tigre en la espesura, hallando excusas nobles para tenderle su última copa de amargura. (Música suave, luz se concentra arriba en la plataforma: LAUTARO y GUACOLDA.)
LAUTARO -Tiemblas, madrecita.
GUACOLDA -Tu rostro está pálido.
LAUTARO -Una sombra cayó sobre mi cuerpo mientras velaba tu sueño.
GUACOLDA -¡La muerte que te ronda!
LAUTARO -Al mapuche, la muerte no lo asusta.
GUACOLDA -No es la muerte ¡es pensar en tu ausencia lo que me aflige!
LAUTARO -(Sonríe.) Cuando me lleve el barquero hacia los confines en las voces de la tierra siempre te estaré nombrando…
GUACOLDA -(Cortando.) ¡Muerto no te quiero… te quiero vivo! Tus brazos, el calor de tu cuerpo junto al mío…
LAUTARO -(La acaricia.) Escucha: qué callada está la noche. Qué dulce.
GUACOLDA -¡Te amo tanto y tan poco te he gozado!
LAUTARO -Razón no te falta: el goce de la vida no está en la guerra, sino en la paz de cada día. En el calor de la lumbre, en el amor compartido. Pero también ¡en aceptar nuestro destino!
GUACOLDA -¡No me dejes, Lautaro, no me dejes!
LAUTARO -(Acunándola.) Duerme en paz, madrecita. (Pausa.) Regresaremos juntos a la Araucanía.
CORO -Quisieron sus dioses advertirle el peligro, haciendo subir el humo a las aluras. Pero Lautaro, fatigado, dormía de Guacolda abrazado. La noche, sin razón, se volvió súbitamente clara para descubrir a Villagra que sigilosamente avanzaba ¡Arma en ristre se alzaron los suyos y las sombras volvieron a cubrir el campo! Hiriendo a tientas, unos y otros se movían sin distinguir gente, tronco, piedra, hermano o enemigo.
PICUNCHE -(Subiendo.) ¡A él… es Lautaro!
CORO -… clamó el que lo venía. ¡Ay, puñal artero, que sin herir, lo hería! (Luz sobre LAUTARO de pie, en lo alto, con tres soldados españoles que lo apuntan con armas de fuego.) ¡Cien furiosos asesinos caen sobre el Tigre de Araucanía! (Se congela la acción, luz sobre LAUTARO que dice, en el umbral de la muerte, su despedida.)
LAUTARO -¡Sagrada tierra de las cuatro esquinas, adiós te digo! (Besa la tierra, se levanta.) Adiós tus bosques, tus campos de maíz y su fermento que en la victoria embriaga, y en la paz hace dar gracias a la vida. Adiós mi tierra, siempre ofrecida. Adiós al peumo, al roble, a la araucaria, tus pájaros cantores, tus deleitoso frutos y tus flores. ¡Adios mis ojos que vieron tanta hermosura! Adiós mi gente, brava, dura, consistente… ¡Guíalos, Padre-Gnenechén, cuando me ausente de esta guerra! Haz que en sus labios mi nombre sea aliento contra toda injusticia y violencia ¡hasta que vengan días mejores, cuando nadie les dispute sus tieras y vuelvan a danzar al son del cultrún entre los sembrados! Cuando otra vez el nguillatún y sus cantos sagrados sean para llamar al sol o pedir la lluvia. Y si tanto no es posible, Padre-Dios, te pido dales valor para seguir la lucha empezada, ¡y haz que en mi muerte quede yo con vida! (Grita.) ¡Curiñancu… ábreme ya el camino! (Retoma la acción, se escucha con un redoble del cultrún el sonido de las armas de fuego sobre él, de los tres soldados que lo rodean arriba. Desaparecen atrás.) (LAUTARO cae lentamente. Va cayendo desde la plataforma, enredado entre los fierros, hasta quedar en tierra, quito, boca abajo.) (Un silencio.) (Cambio de luz. Atmósfera irreal. LAUTARO y GUACOLDA están muertos.)
LAUTARO -Guacolda… (Alza su cabeza, luego se levanta.)
GUACOLDA -(Saliendo desde las sombras.) Estoy aquí. Contigo. (Hablan sin mirarse, voces blancas.)
LAUTARO -¿Qué nos pasó? ¿Por qué oigo mi voz y la tuya entre las voces de los muertos?
GUACOLDA -Son las voces del río.
LAUTARO -No. No es el río.
GUACOLDA -Dices bien: no es el río. Son las voces del tiempo.
LAUTARO -¿Por qué tienes miedo de decirlo? Estamos muertos. (Pausa.) ¿Hubo traición?
GUACOLDA -Sht. Escucha pasar el tiempo.
LAUTARO -No… ¡Yo les fallé a los míos! No debí sacarlos de su tierra de Araucanía.
GUACOLDA -Cumpliste conlo tuyo. Deja tus tormentos.
LAUTARO -No nos dieron tregua… Y yo… ¡demasiado pronto entregué la vida!
GUACOLDA -Lautaro: ¡siempre estamos naciendo!
LAUTARO -(La mira; con voz suave.) ¿A qué estás jugando ahora, pajarita de los bosques? ¿A sujetar la muerte?
GUACOLDA -No hay muerte, ¡si no hay olvido!
LAUTARO -¡Y por qué tendía mi pueblo que recordarme?
GUACOLDA -Ven. Dame la mano. (Se dirige hacia la escalera, empieza a subir.)
LAUTARO -(Siguiéndola.) ¿Dónde me llevas?
GUACOLDA -(Subiendo, llevándolo de la mano.) No apures el paso. Es largo, y es breve el camino.
LAUTARO -¿Dónde quieres llevarme?
GUACOLDA -Lautaro… escucha. (Han ido entrando todos los actores -menos VALDIVIA- con los últimos atuendos que los caracterizaban en el epílogo. Se dispersan por el escenario. Miran hacia LAUTARO que está arriba con GUACOLDA.)
(Coro de los actores: Cada uno Va diciendo un parlamento y junto con decirlo se va quitando lo que lo caracteriza, pelucas, cintillos, cascos, barba, etc., para representar a los actores de hoy) (Hablan sin alzar la voz, turnándose.) –Lautaro, estás aquí. -Lautaro, estoy contigo. -Lautaro, estás conmigo. -Estás en mí, Lautaro… (Otros retoman cada una de las frases, hasta haber hablado todos.)
ACTOR 1 -¡Lautaro!
CORO -¡Estás presente!
ACTOR 2 -Hermano…
CORO -Aquí estamos.
ACTOR 3 -Para defender tu tierra.
ACTOR 4 -Tu gente.
CORO -El hijo dormido. (Entra la música incidental dela canción final: “Indio Hermano” de los Jaivas. Ahora hablan hacia el público.) El pan, la justicia, la paz. ¡LA VIDA NUESTRA DE CADA DÍA!
(Coro, cantando la estrofa de “Indio Hermano”) (Sobre parte instrumental, recitado) De ti aprendí, hermano querido, indio de aquí, de ti aprendí yo a resistir cruel opresión. No cambiaré, mi destino es resistir esa civilización de poder y de ambición. No cambiaré, porque no puedo ya vivir engañado, solo, esclavo, triste y sin amor.
ACTOR 2 -Tu raza corre infatigable como un río:
ACTOR 3 -Como nuestro padre, el Bío Bío que en mil viajes, recodos y torrentes abraza esta tierra tuya cuidando tu gente, tu canto y las voces secretas de los muetos que en las aguas van diciendo…
CORO -¡EN LA MUERTE ESTÁS CON VIDA PORQUE TU PUEBLO NO TE OLVIDA!
(Estrofa final de “Indio Hermano”) No me importa el hambre, la cárcel ni el dolor. Soy un hombre y no una pieza más de esta cuestión. Indio hermano, tú, tú has ayudado a revivir en mi pecho la llama de la liberación. (Al terminar la canción, LAUTARO lanza el grito de guerra mapuche y los actores corean.) (Apagón.)


FIN

agradecimientos a la Profesora Gloria Cordero